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El Tesoro Misterioso

Mabel Blair, vestida de luto, con sus ojos llenos de lágrimas,permaneció sentada y
silenciosa mientras el abogado leyó secamente eltestamento, cláusula por cláusula.
No hizo ni un comentario, cuando ni siquiera proclamó la designación quehabía
hecho el muerto, nombrando al italiano desconocido paraadministrador de la fortuna
de su hija.
—Pero ¿quién es ese hombre, me hace el favor de decir?—preguntó laseñora
Percival, con su voz tranquila y educada.—Jamás oí al señorBlair hablar de esa
persona.
—Ni yo tampoco—declaró Leighton, que había suspendido un momento
paraarreglarse bien los anteojos, y después prosiguió la lectura deldocumento hasta el
fin.
Todos nos alegramos cuando terminó la grave ceremonia. En seguida, Mabelme
indicó, en voz baja, que deseaba verse a solas conmigo en el salón dela mañana; y
cuando estuvimos los dos allí y hube cerrado la puerta, medijo:
—Anoche he estado registrando la pequeña caja de hierro que hay en eldormitorio
de mi padre, donde algunas veces guardaba sus papelesparticulares, cartas
confidenciales y otras cosas. Encontré una cantidadde cartas de mi pobre madre, que
le había escrito hacía años, cuandoandaba navegando, pero nada más, salvo esto.—Y
sacó de su bolsillo unapequeña carta de juego, manchada y arrugada, un as de copas,
sobre lacual había escritas ciertas mayúsculas cabalísticas, en tres columnas.
Con el fin de que mis lectores puedan darse clara cuenta del arreglo yposición en
que estaban las letras, creo conveniente reproducirla aquí.
 
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