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El Tesoro Misterioso

o en una segura caja de hierro, hadesaparecido. Sus enemigos se han posesionado de
ella, como yo tenía lacerteza de que lo harían.
—Recuerde que él me mostró esa bolsita de gamuza, la primera noche quenos
conocimos—le dije.—Me declaró entonces que lo que en ella seencerraba le daría
fortuna... y ciertamente que ha sido así—añadí,paseando la mirada por el magnífico
salón.
—Le dio riquezas, pero no felicidad, señor Greenwood—
respondiótranquilamente.—Esa bolsita, cuyo contenido jamás vi, ni supe lo queera, la
llevó siempre consigo, ya en su bolsillo, ya pendiente delcuello, desde que vino a su
poder, muchos años ha. En todos sus trajestenía un bolsillo especial para guardarla, y
de noche la colocaba en uncinturón, hecho también especialmente para el objeto, que
usaba bienajustado a la cintura. Creo que la consideraba como una especie dehechizo,
o talismán, que, además de ser la fuente de su gran fortuna, lopreservaba de todas las
desgracias y males. La razón de esto no puedodecirla, porque no la conozco.
—¿Nunca se cercioró usted de qué índole era el objeto que élconsideraba tan
precioso?
—Traté muchas veces de hacerlo, pero nunca quiso revelármelo. «Era susecreto»
me decía, y no añadía una palabra más.
Reginaldo y yo habíamos tratado innumerables veces de saber lo queencerraba esa
misteriosa bolsita, pero no habíamos tenido mejor éxitoque la encantadora joven que
estaba de pie delante de mí. Burton Blairera un hombre raro, tanto en actos como en
palabras, muy reservado ensus asuntos particulares, y, sin embargo, aunque parezca
bastanteextraño, cuando la prosperidad le sonrió, convirtiose en un príncipe debondad
y de nobleza.
—¿Pero quiénes eran sus enemigos?—le inquirí.
—¡Ah! eso también lo ignoro completamente—respondió.—Como usted losabe,
durante los dos últimos años se ha visto rodeado por aventureros yparásitos de todas
clases, como les sucede siempre a los hombres ricos,a los cuales, Ford, su secretario,
ha conseguido mantener a buenadistancia. Puede ser que les fuera conocida la
existencia de eseprecioso objeto, y que mi pobre padre haya sido víctima de alguna
tramainfame. A lo menos esa es mi firme idea.
—Entonces, si es así, hay que informar a la policía—exclamé.—Labolsita de
gamuza que él me mostró la noche de nuestro primer encuentro,se ha perdido, y aun
cuando todos la hemos buscado con el mayor empeñoy cuidado, ha sido inútil. Sin
embargo, ¿qué beneficio podrá reportar ala persona que la posea, si le falta la clave de
lo que en ella seencierra?
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