Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

El Tesoro Misterioso

dando la espalda al fuego,en la actitud de un hombre que confía completamente en lo
que estáescrito en el libro del destino.
Aquella escena de media noche, con todos sus románticos y extrañosdetalles, aquel
episodio de lo pasado, cuando el fatigado caminante y suhija habían sido mis
huéspedes por vez primera, y todos sus recuerdosacudieron a mi memoria la tarde fría
y brillante en que descendí de uncoche, al siguiente día de la investigación verificada
en Manchester,delante de la gran mansión blanca de la plaza Grosvenor, y supe
porCarter, el solemne sirviente, que la señorita Mabel estaba en casa.
Aquella espléndida morada, con sus exquisitas decoraciones,
mobiliarioverdaderamente de estilo Luis XIV, sus valiosas pinturas y
magníficosejemplares de esculturas del siglo diecisiete, morada de una personapara
quien no significaban nada todo ese lujo y todo ese gasto, eraseguramente un
testimonio suficiente de que el pobre y mal traídovagabundo que había pronunciado
esas misteriosas palabras en mi pequeñocomedor cinco años antes, no había sido un
charlatán o un neciofanfarrón.
El secreto encerrado dentro de esa sucia bolsita de gamuza, cualquieraque hubiese
sido, le había producido más de un millón de librasesterlinas, y seguía siempre
produciendo enormes sumas, hasta que lamuerte había venido a poner fin
repentinamente a su explotación. Elmisterio de todo aquello no tenía solución; el
enigma era completo eindescifrable.
Estas y otras reflexiones cruzaron por mi mente al subir detrás dellacayo la ancha
escalera de mármol y ser introducido en el gran salónoro y blanco, cuyas paredes
estaban tapizadas por entrepaños de sedacolor rosa pálido, mientras sus cuatro
grandes ventanas tenían vistasobre la plaza.
Todas esas pinturas inapreciables, esos hermosos muebles, gabinetes
eincomparables bric-a-brac, habían sido comprados con el producto delmisterioso
secreto; de ese secreto que en el corto espacio de cinco añoshabía transformado en
millonario al vagabundo extenuado y sin hogar.
Contemplando distraídamente la melancólica plaza con sus árboles sinhojas,
quedeme parado sin saber cómo haría para comunicar de la mejormanera posible la
triste nueva de que era portador, cuando oí a miespalda un suave «frou-frou» de una
falda de seda, y, dándome vueltaprontamente, me encontré delante de la hija del
muerto, cuyo aspecto eraahora, a la edad de veintitrés años, mucho más dulce, bello,
gracioso yfemenino, que cuando por vez primera nos habíamos conocido, tiempo
ha,de una manera extraña y en medio de un camino.
Su negro traje, su figura temblorosa y sus pálidas mejillas, humedecidaspor las
lágrimas, me indicaron que esta joven, por quien tenía quevelar, conocía ya la penosa
Remove