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El Tesoro Misterioso

Como ninguno de nosotros disponía de muchos recursos, teníamos, comopuede
imaginarse, que hacer bastantes economías, porque la caza dezorros es una distracción
costosa para un hombre pobre.
Sin embargo, poseíamos afortunadamente un par de buenos caballos cadauno, y
apretando un poquito en una cosa y otro poquito en otra, podíamosdarnos el goce de
esas excitantes carreras a través del campo, en lascuales la sangre se pone en
movimiento y bulle de agitación a la vez querejuvenece a todos los que toman parte
en ellas.
Reginaldo veíase obligado algunas veces a quedarse en la ciudad por lasexigencias
de su negocio; de modo que frecuentemente residía solo en lavieja casa revestida de
verde hiedra, teniendo a mi lado a Glave, misirviente, para que me atendiera.
Era una tarde de enero, terriblemente fría; Reginaldo estaba ausente enLondres, y
yo, que había pasado todo el día cazando, volvía a caballocompletamente
desfallecido. El encuentro de la partida esa mañana habíasido en Kat's Cabin,
Huntingdonshire, y después de dos buenas carrerasme hallé más allá de Stilton, a
dieciocho millas de mi casa.
Sin embargo, el rastro había sido excelente, y habíamos gozado de undeporte muy
bueno. Una vez que terminó la cacería, tomé un buen trago demi frasco y partí a
través del campo, en medio de la obscuridad queempezaba a tender su manto.
Felizmente pude vadear el río a la altura del molino Water Newton, loque me
economizó la larga vuelta por Wansford, y cuando me encontré auna milla de casa,
dejé que mi caballo marchara al paso, como siempre lohacía, para que pudiera
tranquilizarse antes de llegar a su caballeriza.Ya las sombras de la tarde iban
convirtiéndose en profunda obscuridad, yel fuerte viento me cortaba las carnes como
cuchillo al pasar lasencrucijadas que hay a media milla de la aldea de Helpstone,
cuando derepente surgió de junto del alto seto de acebos la figura de un
hombrecorpulento, y una voz profunda exclamó:
—Disculpe, señor, pero soy un forastero en estos lugares, y tengo a mihija
desmayada. ¿Hay por aquí cerca alguna casa?
Entonces, al acercarme, vi arrinconada contra un montón de piedras, a unlado del
camino, la delgada figura débil de una niña como de dieciséisaños, envuelta en una
capa gruesa y de color obscuro, mientras, a la luzde los últimos destellos del día,
distinguí que el individuo que mehablaba era un hombre de aspecto tosco, barba
negra, lenguaje bastantecorrecto y como de unos cuarenta y cinco años, más o menos,
vestido conun traje usado de sarga azul y un gorro con visera, que le daba ciertoaire
de marino. Su cara era curtida y con algunas cicatrices, mientrassus anchas y
enérgicas quijadas demostraban fuerza de carácter y tenazdeterminación.
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