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El Tesoro Misterioso

hacerlo solo, con misropas mojadas adheridas a mi cuerpo, heladas y duras por el
fríoterrible; pero perseveré sin embargo, decidido, si posible era, avolverla a la vida, y
esto lo conseguí felizmente media hora después.
Al principio no pudo pronunciar una palabra, y yo no la interrogué. Mebastaba
saber que todavía estaba viva, porque cuando la traje a tierracreí que ya era inútil todo
auxilio humano, y que el cobarde atentado desu vulgar amante había tenido éxito.
Tiritaba y se estremecía de lacabeza a los pies, pues el viento de la noche cortaba
como un cuchillo,y, al fin, por indicación mía, se puso de pie y, apoyándose
pesadamentesobre mi brazo trató de caminar. La tentativa fue muy débil primero,pero
luego aceleró algo el paso, y, sin mencionar ninguno de los dos loque había sucedido,
la conduje por la larga avenida hasta la casa. Unavez dentro, me manifestó que era
innecesario llamar a la señora Gibbons,y en voz muy baja me imploró que callase
todo lo que había presenciado.Tomó mi mano entre las suyas y la retuvo.
—Quiero que olvide usted, si es su voluntad hacerlo, todo lo que hapasado—
exclamó, profundamente ansiosa.—Ya que me siguió usted y oyó losucedido entre
nosotros, quiero que considere que esas palabras no hansido jamás pronunciadas.
Quiero que... que...—tartamudeó, y luego secalló sin concluir la frase.
—¿Qué es lo que desea que haga?—le pregunté después de un brevemomento de
penoso silencio.
—Quiero que me mire usted todavía con alguna estimación, como siemprelo ha
hecho—murmuró, bañada en lágrimas,—porque no me gusta pensar quehaya
descendido en su aprecio. Recuerde que soy una mujer... y losimpulsos e
indiscreciones de una mujer pueden perdonarse.
—Usted no ha perdido absolutamente nada de mi estimación, Mabel—leaseguré.—
Lo único que siento es que ese bribón haya cometido con ustedese terrible y ultrajante
atentado. Pero ha sido una felicidad que lahaya seguido, aun cuando creo que debo
disculparme por haber asumido elcarácter de espía.
—Me ha salvado la vida—contestó en un murmullo, al estrecharme la manocon
afecto como dándome las gracias. Luego se deslizó veloz ysilenciosamente por la
gran escalera y perdiose de vista.
A la mañana siguiente se presentó en el comedor a la hora del almuerzo,sin que al
parecer se notaran casi los estragos producidos por supeligrosa escapada de la muerte,
siendo tal vez las únicas huellasvisibles dos negros y grandes círculos alrededor de
sus ojos, que dabana conocer su terrible ansiedad y su insomnio. Pero sin embargo
charlóalegremente, como si no hubiera tenido ninguna preocupación en el mundopor
qué afligirse. Mientras Gibbons estuvo sirviéndonos, no pudo hablarcon confianza,
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