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El Señorito Octavio

TRASCURRIERON bastantes días. Octavio, alentado por la extrema
confianzaque los condes le otorgaban, no escaseó sus visitas á la Segada. Lamayor
parte de los días iba después de comer y volvía á la caída de latarde. Alguna vez se
quedaba hasta las diez ó las once de la noche.Entonces un criado de la casa salía
acompañándole con un farol hasta elpuente. Allí le dejaba, y Octavio caminaba solo
por la carretera hastallegar á la villa. El trayecto era breve, como ya sabemos.
Nuestrojoven, emboscado en un laberinto de pensamientos vagos y risueños,
loconvertía en brevísimo. Á tales horas poca gente se hallaba en elcamino. Algún que
otro arriero con sus mulas delante y montado en una deellas sobre una pirámide de
fardos; cualquier vecino que por casualidadsaliese en busca de una vaca extraviada, ó
los mozos crudos de Vegaloraque tuviesen arrestos suficientes para ir á cortejar las
mozas de laSegada ó de otros lugares cercanos. El señorito Octavio, aunque nosintiese
miedo precisamente cuando veía blanquear entre las sombrasespesas la camisa de un
labrador, no le hacía gracia ninguna. Por uninstante quedaban suspensos en el aire los
risueños fantasmas de suimaginación, esperando que el transeunte pasase. Cuando
éste decía:«Buenas noches, señorito Octavio», dejaba escapar un suspiro
desatisfacción al verse reconocido y murmuraba: «Es una temeridad andar áestas
horas solo por tales sitios: ¡no me vendré otro día sin un arma!».El acuerdo jamás
llegaba á cumplirse, y seguía yendo y viniendo deVegalora á la Segada totalmente
inerme y á merced de todos los riesgos yventuras. Quizá tuviese un vago
presentimiento de que el arma no lehabía de prestar socorro muy eficaz en caso de
apuro.
Para comprender bien qué casta de pensamientos alteraban y embebecían aljoven
durante sus paseos nocturnos, son necesarios algunos antecedentessobre su educación,
temperamento y aficiones. El padre del héroe, D.Baltasar Rodríguez, era hombre que
poseía inteligencia clara,ilustración, si no muy extensa, bastante sólida, y sobre todo
unasensibilidad exquisita que procuraba ocultar cuidadosamente debajo de unexterior
frío y hasta severo. Ésta era la parte flaca, pensaba él, desu carácter, y la combatía y la
refrenaba sin tregua en todos losmomentos de la vida sin lograr resultados
satisfactorios. D. Baltasar noaceptaba su excelente corazón como un beneficio de la
Providencia, sinocomo carga pesadísima que le había molestado durante su
carrera,estorbándole en el logro de todos sus propósitos. «Si yo hubiese
tenidoarranque para dejar á mi mujer y á mi chiquitín y partir para Cuba,cuando en
1854 me ofrecieron la plaza de secretario del Banco de laHabana—solía decir á sus
amigos íntimos,—á estas horas otra sería mifortuna. Si me hubiera aprovechado,
como D. Marcelino, de la ruina de lacasa de Argüelles, esa vega que usted ve ahí,
señor juez, sería mía. Situviese valor para arrojar de la casería á Modesto Fernández,
que haceocho años que no me paga renta alguna, podría agregar todas esas tierrasá la
posesión y ésta doblaría de valor... Pero ¡si no puedeser!—concluía siempre en tono
desesperado.—¡Si los hombres como yodebieran estarse quietos en su casa y no
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