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El Señorito Octavio

Pedro se había ido animando poco á poco. Sus grandes ojos negros
girabandescompasados con fiera expresión. Su crespa cabellera erizábase como lacrin
de un corcel de guerra. La condesa le miraba con susto.
—¡Qué atrocidad!—exclamó.—¡Qué gustos tan bárbaros tenéis loshombres!
—Tiene usted razón, señorita; bien mirado, ¿habrá bestialidad mayor quela guerra?
—Y sin embargo, yo no sé lo que tiene, que hasta á nosotras las mujeresnos inflama
y entusiasma. ¡Cuántas veces, al ver pasar un batallónmarchando al son de la música
con su bandera desplegada y las agudasbayonetas en alto que brillan al sol y se
mueven con siniestro compás,me ha entrado en apetito el ser hombre para seguir su
suerte borrascosa!Desengáñate, Pedro: á vosotros, cuando los tiempos vienen malos,
osqueda el recurso de luchar con el destino, mientras que nosotras...¡Jesús!... ¿qué me
ha picado aquí?
La condesa interrumpió su discurso para sacar vivamente una mano quetenía metida
en la hierba. En la blanca y torneada muñeca apareció unagota de sangre. Pedro se
apoderó instantáneamente de aquella mano, yponiendo los labios sobre ella, chupó la
gota de sangre.
—¿Qué haces?
—Nada, señorita. Si la ha mordido una víbora, no es usted ya la quemuere.
—¡Qué horror! ¡Quiera Dios que no sea víbora! Gracias, Pedro... Hashecho mal en
exponerte... ¡La Virgen del Carmen permita que no seavíbora!
—No se apure usted. Expuse tantas veces la vida por cosas que á lalarga no me
importaban, que nada tiene de particular que la exponga pormi señora.
—Gracias, gracias, Periquillo... No querrá Dios que sea víbora...Ofrezco una misa á
la Virgen del Carmen si no te sucede nada... Mira,vámonos de aquí... Estoy agitada...
nerviosa... Vámonos, vámonos pronto.
La condesa tornó á bajar la escalera de mano, ayudada por Pedro, yjuntos
atravesaron el prado, descendieron por el bosque de castaños ypenetraron en la
pomarada, abriendo la puerta de madera. Á los pocospasos Laura distinguió á lo lejos
entre el follaje á su marido,acompañado de Octavio.
—Vuélvete, Pedro, que ya no me haces falta—se apresuró á decir.Después avanzó
sola hacia el sitio en que se hallaba el conde. Y comollegase allá, fué saludada por
Octavio que se hizo almíbar al tomarle lamano y enterarse de su salud. Todos juntos
se dirigieron lentamentehacia el palacio, porque el sol ya declinaba. En una de las
revueltasdel camino tuvo tiempo el conde para decir en secreto á su mujer:
—Conviene que te muestres amable con ese muchacho.
VII
Il sol de l'ánima
 
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