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El Señorito Octavio

—Los perros no olvidan la mano que les ha acariciado una vez. El hombreque
olvida los beneficios es peor que un perro.
—Después que yo me fuí has estado en el servicio, ¿verdad?
—Sí, señora; me tocó la suerte. Cuando me marché, la víspera de SanAntonio, creí
que todos estos picachos se me venían encima. Iba mástriste que la medianoche. Este
pobre Canelo que usted ve aquí eraentonces un cachorrillo, y me siguió más de cuatro
leguas, hasta quetuve que pegarle para que se volviese; pero después de pegarle,
todavíame seguía de lejos. Entonces hice que lo atasen y lo llevasen áVegalora. En mi
casa no podían mantenerlo: se lo dejé á un amigopanadero que tengo en la villa. Así
que perdí de vista estas montañas,ya me sentí otro hombre, y canté y retocé como los
demás. ¡Qué palos metienen costado estos retozos! Había un sargento en mi compañía
quenunca prevenía las cosas más que una vez. Decía que él no era reloj derepetición.
Á la segunda hablaba con el garrote. Pues, á pesar desantiguarnos de lo lindo, no le
queríamos mal, porque era hombre francoy nunca delataba á nadie. En una acción
cayó herido á mi lado: yo locogí y lo llevé sobre las espaldas cerca de una hora, hasta
encontraruna barraca, donde murió á las pocas horas.
—¡No habrás pasado pocos trabajos, Periquillo! Llevarías escapulariosiempre, ¿no
es verdad?
—De Nuestra Señora del Carmen.
—¿Caíste herido alguna vez?
—Sí, señora; una vez, en Navarra, me pasó una bala de un lado á otro;me entró por
aquí, salva sea la parte, y me salió por aquí. Poco faltópara que me echasen la tierra
encima. En Cuba, un negro, mas negro quelas tinieblas, grande como un castaño, me
descargó un machetazo en unhombro, que á poco me parte en dos. Sin embargo, me
curé más fácilmenteque del balazo. Pero en la guerra lo de menos son las heridas,
señoracondesa. Cuando uno cae herido, lo llevan al hospital y allí se estátres ó cuatro
meses como un canónigo, tomando buenos caldos y platicandocon algún compañero,
mientras los demás andan con la lengua fuera deaquí para allá, unas veces comiendo
mal y otras veces sin comer, al solcuando lo hace y al agua cuando cae... También
tienen sus raticosbuenos, no vaya usted á creerse; cuando uno va á atacar una
trinchera,pongo por caso, y suena la corneta en medio del silencio, y se descarganlos
primeros tiros, y se huele el humo de la pólvora, y sin verlo,porque el humo lo tapa, se
escucha la voz ronca del oficial que grita:«Adelante, muchachos»; y se sube, se sube
hasta encaramarse sobre latrinchera, salpicados de sangre, entre los quejidos de los
que caen, losgritos de los que suben y el choque de las bayonetas, aunque
parezcamentira, siente uno unas cosquillas que corren por todo el cuerpo y lehacen
gozar... Hay momentos que no se cambiarían por muchos años debuena vida,
señorita...
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