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El Señorito Octavio

al fin con el ruido agrio y estridente que caracteriza á talesartefactos. El blondo
caballero se estremece levemente, alza un poco lacabeza de la almohada, aspira el aire
con fuerza por entrambas narices,tira hacia sí por la ropa que le cubre y se oculta otra
vez en laalmohada, dejando escapar de su garganta un débil y prolongado ronquido.
Al cabo de media hora, poco más ó menos, se escuchan ligeros pasos porla estancia;
ábrese lentamente la puerta y una voz que aspirainútilmente á ser discreta y suave
dice:
—Señorito... señorito Octavio.
—¡Eh!... ¡cómo!... ¿quién va?
—Soy yo, señorito... ya son las nueve.
—¿Cómo las nueve? ¿Y por qué no me has llamado á las siete y media?...¡Por vida
de!... ¿No te he dicho que me llamases á las siete y media?
—Es verdad, pero usted me ha encargado le dijese que eran las nueve.
—¡Ah! ¿De modo que no son las nueve?
—No, señorito; son las siete y media.
—Está bien; vete y vuelve por aquí dentro de un cuarto de hora por siacaso he
vuelto á dormirme.
El señorito es un adolescente de tez blanca, sonrosada, de faccionespuras y
correctas como las de un Apolo, los ojos de un azul muy claro,la frente despejada,
quizá demasiado despejada, y la boca pequeña, quizádemasiado pequeña. Á no ser por
el bozo incipiente que mancha su labiosuperior, sería su rostro el de una dama y no
mal parecida.
Efectivamente, el señorito se durmió otra vez, sin pensar en ello, asíque la criada
cerró tras sí la puerta. Su sueño no era tan sosegado comoantes. De vez en cuando le
corría un estremecimiento por el cuerpo; laroja colcha de damasco que le tapaba se
agitaba blandamente como sientrase por las ventanas un soplo de aire: otras veces
daba súbito unavuelta y abría los ojos desmesuradamente y tornaba á cerrarlos
concierta precipitación nerviosa; más tarde extendía los brazos y seescuchaban crujir
los huesos y lanzaba un fuerte suspiro que le dejabaaniquilado.
No hay duda, el señorito Octavio batallaba rudamente con el sueño.
—Señorito... señorito... ¿no se levanta usted?
—Sí, sí... allá voy... en seguida.
Y dicho y hecho; abrió los ojos, llevó á ellos los puños y los frotó consingular
encarnizamiento, corrió todo el cuerpo hacia arriba hasta tocarcon la cabeza en la
madera de la cama, cruzó los brazos sobre el pecho,y otra vez quedó dormido.
Hay que confesarlo francamente: nuestro héroe es más hermoso dormido
quedespierto. Tiene su rostro dormido tanta pureza, corrección y serenidad,que hace
venir á la memoria el retrato que la historia nos ha dejado deAlcibíades. Pero los ojos
no prestan ningún atractivo á este rostro: sondemasiado claros. Después de todo, no es
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