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El Prisionero de Zenda

belgaBersonín, personaje grueso, de mediana estatura y calvo,
aunque nocontaba mucho más de treinta años. Y por último el
inglés Dechard, decara estrecha y larga, cabello cortado al rape
y bronceado color. Teníamuy arrogante presencia, ancho de
hombros, delgada la cintura. «Buenaespada, pero un bribón de
marca,» me dije al verlo. Le hablé en inglés,con ligero acento
extranjero y vi asomar a sus labios una sonrisa, quereprimió en
seguida.
—Es decir que el caballero Dechard está en el secreto—pensé.
Una vez libre de mi querido hermano y sus amigos, me volví
paradespedirme de mi prima. Estaba esperándome en la puerta
que separa ambashabitaciones, y al tomar yo su mano me dijo
muy quedo:
—Sé prudente, Rodolfo. Tén cuidado...
—¿De qué?
—Bien lo sabes; no puedo decirlo ahora. Pero piensa en lo que
vale ysignifica tu vida para...
—¿Para quién?
—Para Ruritania.
¿Hacía yo bien o mal en representar aquel papel? No lo sé;
amboscaminos eran peligrosos y no me atreví a decirle la
verdad.
—¿Sólo para Ruritania?—le pregunté dulcemente.
Súbito rubor coloreó sus primorosas facciones.
—Y también para tus amigos—dijo.
—¿Amigos?
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