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El Prisionero de Zenda

—Mi sistema—dijo cuando hubimos entrado—es no confiar
en nadie másallá de donde sea absolutamente necesario confiar.
Al abrir la puerta de mi antecámara vimos a Federico de
Tarlein, vestidoy reclinado en el sofá. Parecía haber dormido,
pero nuestra entrada lodespertó. Incorporándose vivamente me
dirigió una mirada y con un gritode alegría se arrodilló a mis
pies.
—¡Gracias a Dios, señor, que os veo sano y salvo!—exclamó,
procurandoasir mi mano.
Confieso que me sentí conmovido. El rey Rodolfo—
cualesquiera que fuesensus faltas,—sabía hacerse amar de sus
subditos. Por breves instantes nome atreví a hablar ni disipar la
ilusión del pobre joven. Pero el viejoSarto no era de los que se
conmovían y dando palmadas exclamó:
—¡Bravo, joven! ¡Cuando digo yo que todo marchará a pedir
de boca!
Tarlein nos miró atónito y yo le tendí la mano.
—¡Estáis herido, señor!—exclamó.
—No es más que un rasguño—dije,—pero...—y me detuve.
Tarlein se puso en pie con expresión de profundo asombro en
el rostro.Tomó mi mano, me miró atentamente y de repente
retrocedió un paso.
—¡Pero, el Rey! ¿Dónde está el Rey?—gritó.
—¡Silencio, imprudente!—dijo Sarto.—No tan alto. Este es el
Rey.
Oímos llamar a la puerta. Sarto asió mi mano
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