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El Prisionero de Zenda

Rodeé la cintura de Sarto con mi brazo y sosteniéndole le hice
salir delsótano, cuya destrozada puerta cerré lo mejor que pude.
Permanecimos enel comedor, sentados y silenciosos unos diez
minutos. Después el viejoSarto se frotó los ojos, dio un
profundo suspiro y pareció recobrar sucalma habitual. Al oir la
una en el reloj de repisa, golpeó fuertementeel suelo con el pie y
exclamó:
—¡Se han apoderado del Rey!
—Sí—contesté.—«¡Todo va bien!» como decía el despacho
recibido por elDuque. ¡Qué rato pasaría al oir esta mañana las
salvas que saludaban alRey! ¿Cuándo recibió el mensaje?
—Debió de ser por la mañana. Se lo enviaron probablemente
antes de quellegase a Zenda la noticia de la presencia de usted
en Estrelsau; porquesupongo que el mensaje lo mandaron de
Zenda.
—¡Y lo ha llevado encima todo el santo día!—exclamé.—Bien
puedodecir que no soy el único que ha pasado un día de prueba.
¿Pero quépensaría él de todo esto, Sarto?
—¿Qué nos importa? Pregunte usted más bien qué es lo que
piensa ahora.
—Tenemos que volver a la capital—dije poniéndome de
pieapresuradamente.—Importa reunir en seguida cuantas fuerzas
hay allí yponernos en persecución de Miguel antes de mediodía.
Sarto sacó su pipa, la llenó y la encendió cuidadosamente en la
vela quegoteaba sobre la mesa.
—¡Quizá estén asesinando al Rey mientras seguimos aquí
cruzados debrazos!—exclamé.
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