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El Prisionero de Zenda

—Asegure usted los caballos y sígame.
La puerta cedió sin resistencia y entramos en la habitación
dondehabíamos cenado la noche anterior, en la que se veían aún
los restos dela cena y numerosas botellas vacías.
—¡Adelante!—exclamó Sarto, que por primera vez parecía
próximo aperder su maravillosa serenidad.
Nos precipitamos por el corredor en dirección a la entrada del
sótano.La puerta de la carbonera estaba abierta de par en par.
—Han descubierto a la vieja—dije.
—Eso ya lo sabía yo desde que vi los pañuelos—repuso el
coronel.
Llegamos frente a la puerta del sótano, que estaba cerrada, y al
pareceren el mismo estado en que la habíamos dejado aquella
mañana.
—Entremos, todo va bien—dije.
Me contestó una violenta imprecación de Sarto, cuyo rostro
palideció ala vez que señalaba al suelo con el dedo. Por debajo
de la puerta seextendía una gran mancha roja que cubría parte
del pasillo del sótano.Sarto se apoyó en la pared opuesta a la
puerta. Traté de abrir ésta,pero estaba cerrada.
—¿Dónde está José?—preguntó Sarto.
—¿Dónde está el Rey?—fue mi respuesta.
El veterano sacó un frasco y lo llevó a los labios. Por mi parte
volvícorriendo al comedor y tomé del hogar una sólida barra de
hierrodestinada a atizar el fuego. Lleno de terror, desatinado,
descargué conella fuertes golpes sobre la puerta y por último
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