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El Prisionero de Zenda

—¿Reparaste en Miguel?
—Sí, no parecía muy satisfecho que digamos.
—¡Tén cuidado! No le vigilas bastante, estoy segura de ello.
Ya sabesque...
—Sí, ya sé que ambiciona precisamente lo que yo poseo.
—Eso es. ¡Silencio!
Entonces (y el hecho no tiene justificación posible, porque
obligué ycomprometí al Rey mucho más de lo que tenía derecho
a hacer) me sentídominado por la hermosa y continué:
—Y también algo más que no poseo aún, pero que espero
conquistar algúndía.
De haber sido yo el Rey, la respuesta que recibí me hubiera
parecidosuficientemente animadora:
—¿No crees, primo, haber contraído hoy bastantes
responsabilidades paraun solo día?
El estampido de los cañones y el toque penetrante de las
cornetas nosanunciaron que habíamos llegado al palacio. Nos
esperaban guardias ylacayos formados en largas hileras; y dando
la mano a la Princesa subícon ella la gran escalera del regio
edificio, morada de mis antepasados,de la cual tomé posesión
como Rey coronado. Me senté después a mi propiamesa,
teniendo a mi derecha a la Princesa, al otro lado de ésta a
Miguelel Negro y a mi izquierda al venerable cardenal. Detrás
de mi sillón sehallaba el coronel Sarto, y al otro extremo de la
mesa vi a Federico deTarlein, quien, por cierto, apuró su
primera copa de champaña algo antesde lo que en rigor se lo
permitía la etiqueta.
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