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El Prisionero de Zenda

dignatarios y al frente deellos un anciano alto, de porte marcial y
cubierto el pecho de cruces ymedallas. Ostentaba la banda roja y
amarilla de la Rosa de Ruritaniaque, dicho sea de paso, decoraba
también mi indigno pecho.
—El general Estrakenz—murmuró Sarto, haciéndome saber
así que mehallaba en presencia del más famoso veterano del
ejército de Ruritania.
Detrás del General se hallaba un hombrecillo que vestía
amplio ropajerojo y negro.
—El Canciller del Reino—murmuró Sarto.
El General me saludó con algunas leales palabras y en seguida
mepresentó las excusas del duque de Estrelsau. Al parecer, éste
eravíctima de una indisposición súbita que le impedía venir a la
estación,pero me rogaba que le permitiese esperarme en la
catedral. Manifesté misentimiento, acepté bondadosamente las
excusas del General y recibí losplácemes de muchos y muy
distinguidos personajes. Ninguno manifestó lamenor sospecha y
sentí que iba recobrando la serenidad y que mi corazónlatía
menos apresuradamente. Pero Tarlein seguía pálido y noté que
letemblaba la mano al dársela al General.
El cortejo formó frente a la estación, donde monté a caballo,
teniéndomeel estribo el anciano General. Los dignatarios civiles
tomaron asientoen sus carruajes y comencé a recorrer las calles
de Estrelsau, conEstrakenz a mi derecha y Sarto (que como mi
primer ayudante teníaderecho a ello) a mi izquierda. La ciudad
consta de una parte antigua yotra moderna. Anchas avenidas y
barrios enteros de magníficos edificiosrodean la primitiva
ciudad, con sus calles estrechas, tortuosas ypintorescas. En los
barrios modernos residen las clases acomodadas, y enel centro
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