Not a member?     Existing members login below:

El Prisionero de Zenda

cómodamente arrellanado,reanudó su lección. Consulté mi reloj,
mejor dicho el reloj del Rey, yvi que eran las ocho en punto.
—¿Habrán ido a buscarnos?—¡pregunté.
—¡Con tal que no descubran al Rey!—dijo Tarlein inquieto,
mientras queel impasible Sarto se encogía de hombros.
A las nueve y media vi por la ventanilla las torres y los
edificios máselevados de una gran ciudad.
—Vuestra capital, señor—dijo Sarto con cómica reverencia,
einclinándose me tomó el pulso.—Algo agitado—continuó con
su eternotono gruñón.
—¡Como que no soy de piedra!—exclamé.
—Pero servirá usted para el caso—dijo satisfecho.—En
cambio esteFederico de mis pecados parece sufrir un ataque de
tercianas. ¡Saca elfrasco, muchacho, y toma un trago!
Tarlein lo hizo como se lo decían.
—Llegamos con una hora de anticipación—observó Sarto.—
En cuantoechemos pie a tierra enviaremos aviso de la llegada de
Vuestra Majestad,porque lo que es ahora no habrá nadie
esperándonos. Y entretanto...
—Entretanto—dije yo,—el Rey acabará por darse a Satanás si
tiene queseguir mucho tiempo todavía sin almorzar.
El viejo Sarto se rió socarronamente y me tendió la mano.
—¡Es usted un verdadero Elsberg!—dijo. Después nos miró
detenidamentey exclamó:—¡Dios haga que nos veamos vivos
esta noche!
—¡Amén!—fue el comentario de Federico de Tarlein.
Remove