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El Prisionero de Zenda

Al despertarme no hubiera podido decir si había dormido un
minuto o unaño. Me despertó repentinamente una sensación de
frío; el agua chorreabade mi cabeza, cara y traje, y frente a mí
divisé al viejo Sarto, con suburlona sonrisa y con un cubo vacío
en la mano. Sentado a la mesa,Federico de Tarlein, pálido y
desencajado como un muerto.
Me puse en pie de un salto, y exclamé encolerizado:
—¡Esto pasa de broma, señor mío!
—¡Bah! No tenemos tiempo de disputar. No había modo de
despertarlo, yson las cinco.
—Repito, coronel...—iba a continuar más irritado que nunca,
aunquemedio helado el cuerpo, cuando me interrumpió Tarlein
apartándose de lamesa y diciéndome:
—Mire usted, Raséndil.
El Rey yacía tendido cuan largo era en el suelo. Tenía el rostro
tanrojo como el cabello y respiraba pesadamente. Sarto, el
irrespetuosoveterano, le dio un fuerte puntapié, pero no se
movió. Entonces noté quela cara y cabeza del Rey estaban tan
mojadas como las mías.
—Ya hace media hora que procuramos despertarlo—dijo
Tarlein.
—Bebió tres veces más que cualquiera de nosotros—gruñó
Sarto.
Me arrodillé y le tomé el pulso, cuya lentitud y debilidad
eranalarmantes.
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