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El Prisionero de Zenda

—¿Pasar el tiempo? Es verdad. Pero en mi familia no
necesitamos hacerotra cosa.
Esta salida mía no dejó de producir en Rosa cierto disgustillo,
porquetodo el mundo sabe (y de aquí que no haya inconveniente
en repetirlo)que por muy bonita y distinguida que ella sea, su
familia no es conmucho de tan alta alcurnia como la de
Raséndil. Amén de sus atractivospersonales, poseía Rosa una
gran fortuna, y mi hermano Roberto tuvo ladiscreción de no
fijarse mucho en sus pergaminos. A éstos se refirió lasiguiente
observación de Rosa, que dijo:
—Las familias de alto linaje son, por regla general, peores que
lasotras.
Al oir esto, no pude menos de llevarme la mano a la cabeza y
acariciarmis rojos cabellos; sabía perfectamente lo que ella
quería decir.
—¡Cuánto me alegro de que Roberto sea moreno!—agregó.
En aquel momento, Roberto, que se levanta a las siete y
trabaja antes dealmorzar, entró en el comedor, y, dirigiendo una
mirada a su esposa,acarició suavemente su mejilla, algo más
encendida que de costumbre.
—¿Qué ocurre, querida mía?—le preguntó.
—Le disgusta que yo no haga nada y que tenga el pelo rojo—
dije comoofendido.
—¡Oh! En cuanto a lo del pelo no es culpa suya—admitió
Rosa.
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