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El Prisionero de Zenda

—¿Cómo se entiende?—exclamó éste—Acuérdate, Federico,
de que debespartir mañana antes que yo, y por lo tanto tienes
que dejar de beber doshoras antes.
Tarlein vio que yo no comprendía.
—El coronel y yo—me explicó,—saldremos de aquí a las seis
de lamañana para ir a caballo a Zenda, regresaremos con la
guardia de honor alas ocho, y entonces cabalgaremos todos
juntos hasta la estación.
—¡El diablo cargue con la tal guardia de honor!—gruñó Sarto.
—No, ha sido una atención muy delicada de mi hermano el
pedir esadistinción para su regimiento—dijo el Rey.—¡Ea,
primo! Tú no tienesque levantarte temprano. ¡Venga otra
botella!
Y despaché otra botella, o, mejor dicho, parte de ella, porque
lo menoslos dos tercios de su contenido se los apropió el
monarca. Tarleinrenunció a predicar moderación y pronto nos
pusimos todos tan alegres decascos como sueltos de lengua. El
Rey empezó a hablar de lo que seproponía hacer; Sarto, de lo
que había hecho; Tarlein se destapó porunas aventuras
amorosas, y a mí me dio por encomiar los altos méritos dela
dinastía de los Elsberg. Hablábamos todos a la vez y seguíamos
al piede la letra la máxima favorita de Sarto: mañana será otro
día.
—Por fin, el Rey puso su copa sobre la mesa y se reclinó en la
silla.
—Ya he bebido bastante—dijo.
—No seré yo quien contradiga al Rey—asentí.
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