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El Prisionero de Zenda

llegada a la casa de su hermana, no había para qué enterarlode
ello, y desde luego mi futura huéspeda no se había de preocupar
pormi tardanza.
Tomé una ligera colación poco antes de mediodía, y
habiéndome despedidode la buena mujer y sus hijas,
prometiendo volver a verlas a mi regreso,comencé el ascenso de
la colina que lleva al castillo y desde éste albosque de Zenda.
Media hora de pausado andar me llevó a las puertas delcastillo.
Fortaleza en otro tiempo, los macizos muros se hallabantodavía
en buen estado y aparecían muy imponentes. Tras ellos se
veíaotra sección de la antigua fortaleza, y después de ésta,
separada porun ancho y profundo foso que rodeaba también los
antiguos edificios,hallábase una hermosa quinta moderna,
mandada construir por el difuntoRey y que al presente era la
residencia de campo del duque de Estrelsau.Ambas porciones,
antigua y moderna, se comunicaban por medio de unpuente
levadizo, único medio de acceso a la parte antigua de
laconstrucción; en cambio en frente de la quinta se extendía una
hermosa yancha avenida. Era aquella una posesión ideal.
Cuando «Miguel el Negro»deseaba compañía, habitaba la
quinta; si quería estar solo le bastabacruzar el puente, alzarlo
tras sí, y hubieran sido necesarios unregimiento y una batería de
sitio para sacarlo de allí. Proseguí micamino, alegrándome de
ver que el pobre duque Miguel, ya que no pudieseconseguir
trono ni princesa, tenía por lo menos una residencia noinferior a
la de ningún otro príncipe de Europa.
No tardé en llegar al bosque, cuyos frondosos árboles me
proporcionaronfresca sombra por más de una hora. Las ramas se
entrelazaban sobre micabeza y los rayos del sol podían apenas
deslizarse entre las hojas,poniendo aquí y allá brillantes toques
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