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El Prisionero de Zenda

—Denle ustedes un vaso de vino para que lo beba a mi salud.
Buenasnoches a todos, y gracias, señoras mías, por su bondad y
su grataconversación.
Me levante, e inclinándome ligeramente me dirigí hacia la
puerta. Laalegre muchacha corrió a alumbrar el camino y el
joven retrocedió unpaso, fijos los ojos en mí. Al llegar a su lado
me dijo:
—Con perdón, señor: ¿conoce usted al Rey?
—Jamás lo he visto, pero espero conocerlo el miércoles.
Nada más dijo, pero presentí que sus ojos siguieron clavados
en mí hastaque se cerró la puerta. Mi picaresca conductora iba
delante y al subirla escalera me dijo:
—No hay remedio; el pelo de usted es de un color que no le
gusta aJuan.
—¿Prefiere quizás el tuyo, eh?
—¡Oh! quiero decir en un hombre—replicó coquetonamente.
—Vamos a ver—dije asiendo el candelero que tenía ella en
lamano;—¿qué importa que un hombre tenga el pelo de tal o
cual color?
—Lo que sé es que a mí me gusta el de usted; es el rojo de los
Elsberg.
—Te repito que lo del color es una bicoca, una fruslería. Como
ésta;toma.—Y le di algunas monedas.
—¡Cielo santo!—exclamó.—Lo que es esta noche voy a cerrar
la puertade la cocina, por si acaso.
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