Not a member?     Existing members login below:

El Prisionero de Zenda

aquella ciudad, resuelto a pasar allí un día yuna noche, camino
del... Tirol. Fui a ver a Jorge Federly en laembajada, comimos
juntos en Durand y después nos fuimos a la Opera; trasuna
ligera cena nos presentamos en casa de Beltrán, poeta de
algunareputación y corresponsal de La Crítica, de Londres.
Ocupaba un pisomuy cómodo, y hallamos allí algunos amigos
suyos, personas muysimpáticas todas, con quienes pasamos el
rato agradablemente, fumando yconversando. Sin embargo, noté
que el dueño de la casa estaba preocupadoy silencioso, y cuando
se hubieron despedido todos los demás yquedádonos solos con
él Federly y yo, empecé a bromear a Beltrán, hastaque exclamó,
dejándose caer en el sofá:
—¡Pues nada, que tienes tú razón y estoy enamorado,
perdidamenteenamorado!
—Así escribirás mejores versos—le dije por vía de consuelo.
Se limitó a fumar furiosamente sin decir palabra, en tanto que
Federly,de espaldas a la chimenea, lo contemplaba con cruel
sonrisa.
—Es lo de siempre, y lo mejor que puedes hacer es cantar de
plano,Beltranillo—dijo Federly.—La novia se te va de París
mañana.
—Ya lo sé—repuso Beltrán furioso.
—Pero lo mismo da que se vaya o que se quede. ¡La dama
pica muy altopara ti, poeta!
—¿Y a mí qué?
—Vuestra conversación me interesaría muchísimo más—
observé,—sisupiera de quién estáis hablando.
Remove