llamamientos, y ella, indignada contralos chófers insolentes, da suelta al léxico de su cólera,
intercalandocon frecuencia la frase más célebre de Waterloo.
Cuando transcurren algunos minutos sin que pasen vehículos, vuelve allado de los viejos para
animarlos con su energía. Ella los instalará enun carruaje; pueden descansar tranquilos.
De pronto salta en medio del bulevar. Viene mugiendo un automóvil delejército, desocupado
y enorme, á toda fuerza de su motor. El soldado quelo guía cambia de dirección para no aplastar
á esta desesperada quepermanece inmóvil, con los brazos en alto.
Su prudencia resulta inútil, pues la mujer, moviéndose en igual sentido,marcha á su encuentro.
La multitud grita de angustia. Con un violentotirón de frenos, el automóvil se detiene cuando su
parte delanteraempuja ya á esta suicida. Debe haber recibido un fuerte golpe.
El chófer, un artillero de pelo rojo y aspecto campesino, que llevasobre el uniforme un
chaquetón de caucho, increpa á la muchacha, lainsulta por el sobresalto que le ha hecho sufrir.
Ella, como si no leoyese, le dice con autoridad, tuteándole:
—Vas á llevar á estos dos viajeros. Es ahí cerca, á la Bastilla.
La sorpresa deja estupefacto al soldado. Luego ríe ante lo absurdo de laproposición. Va de
prisa, tiene que entrar en el cuartel cuanto antes.Le grita que se aleje, que salga de entre las
ruedas. Ella afirma que nose moverá, é intenta tenderse en el suelo para que el vehículo laaplaste
al ponerse en marcha.
El artillero jura indignado, tomando por testigos á los curiosos. Estono es serio; le van á
castigar; el cuartel...los oficiales.... Pero ellaestá ya en el pescante, inclinando hacia el conductor
su rostro ceñudo,esforzándose por encontrar un gesto de graciosa seducción.
—Yo te recompensaré. Llévalos y te daré un beso.
Sonríe el soldado débilmente, mirándola á la cara para apreciar el valordel ofrecimiento. No es
gran cosa, pero ¡qué diablo! un beso siempreresulta agradable.
La gente ríe y palmotea, y la muchacha, mientras tanto, se aprovecha deesta situación para
instalar á los viejos en el vehículo con todos suspaquetes.
El chófer pone en movimiento su motor.
—Gracias, Madame—dice lloriqueando Baucis, mientras Filemón articulagemidos de
gratitud.
Pero Madame no les oye, ocupada en depositar dos besos sonoros en lasmejillas del artillero,
brillantes y ennegrecidas por la grasa de losengranajes. «Toma...toma.»
Se aleja el automóvil y se deshacen los grupos. Las pezuñitas deterciopelo vuelven hacia el
banco. Una de ellas cojea dolorosamente.Siento la tentación de besar también, de besar á la
muchacha ácida; perome inspira miedo.
Temo que interprete torcidamente mis intenciones.