Read The Great
Gatsby
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Varias corrientes humanas venían á perderse en la masa estacionada entrela Magdalena y la
plaza de la República. Eran los refugiados de losdepartamentos del Norte, que huían ante el
avance del enemigo, buscandoamparo en la capital.
Llegaban los trenes desbordándose en racimos de personas. La gente sesostenía fuera de los
vagones, se instalaba en las techumbres, escalabala locomotora, Días enteros invertían estos
trenes en salvar un espaciorecorrido ordinariamente en pocas horas. Permanecían inmóviles en
losapartaderos de las estaciones, cediendo el paso á los convoyesmilitares. Y cuando al fin,
molidos de cansancio, medio asfixiados porel calor y el amontonamiento, entraban los fugitivos
en París, á medianoche ó al amanecer, no sabían adonde dirigirse, vagaban por las callesy
acababan instalando su campamento en una acera, como si estuviesen enpleno desierto.
La una de la madrugada. Me apresuro á sentarme en el vacío todavíacaliente que me ofrece un
banco del bulevar, adelantándome á otrosrivales que también lo desean.
Llevo cuatro horas de paseo incesante en la noche caliginosa. Sobre lostejados pasan las
mangas blancas de los reflectores, regleteando de luzel ébano del cielo. Contemplo, con la
satisfacción de un privilegiado, ála muchedumbre desheredada que se desliza en la penumbra
lanzandomiradas codiciosas al banco. El reposo me hace sentir todo el peso de lafatiga anterior.
Reconozco que si los hulanos apareciesen de prontotrotando por el centro de la calle, no me
movería.
Una pierna me transmite su calor á través de una tenue faldamenta deverano. Me fijo en mi
vecina, muchacha de las que siguen viniendo albulevar por costumbre, pero sin esperanza
alguna, pues el tiempo no estápara bagatelas.
Tiene la nariz respingada, los ojos algo oblicuos, y un hociquitogracioso coronado por un
sombrero de cuatro francos noventa. El cuerpopequeño, ágil y flaco, va envuelto en un vestido
de los que fabrican ácentenares los grandes almacenes para uniformar con elegancia barata álas
parisienses pobres. Por debajo de la falda asoman unas pezuñitas deterciopelo polvoriento.
Sonríe con un esfuerzo visible, frunciendo almismo tiempo las cejas. Se adivina que es una
mujer ácida, de las que«hacen historias» á los amigos; una especie de calamar amoroso,
queesparce en torno la amarga tinta de su mal carácter.
Conversa con una respetable matrona que vuelve llorosa de la estación dedespedir á su hijo,
que es soldado. Junto á ella está una hija decatorce años, mirando á la vecina con ojos curiosos y
admirativos. Losque ocupan el resto del banco dormitan con la cabeza baja ó sueñandespiertos
contemplando el cielo.
La burguesa, al hablar, gratifica á la muchacha ácida con un solemneMadame. Hace un mes
habría abandonado el asiento, á pesar de sucansancio, para evitarse tal vecindad. ¡Pero ahora!...
La inquietud nosha hecho á todos bien educados y tolerantes. París es un buque enpeligro, y sus
pasajeros olvidan las preocupaciones y rencillas de losdías de calma, para buscarse
fraternalmente.

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