Read The Great
Gatsby
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Perdí desde este momento la normalidad de mis sentidos, para norecobrarla hasta el día
siguiente. Todo me pareció indeterminado éirreal, lo mismo que los episodios de un ensueño.
Vi cómo el hombre intentaba retroceder, esquivando el automóvil salidorepentinamente de la
sombra. Pero el vehículo se oblicuó para alcanzarleen su retirada. Entonces pretendió avanzar lo
mismo que antes, y lamáquina perseguidora cambió otra vez de dirección, marchando
rectamenteá su encuentro.
Todo esto fué rapidísimo, casi instantáneo, sucediéndose las imágenescon una velocidad que
las fundía unas en otras. Sólo recuerdo el saltogrotesco y horrible, un salto de fusilado, que dió la
víctima aldesaparecer bajo el automóvil con los brazos abiertos.
El vehículo se levantó como una lancha sobre una pequeña ola. Pero estaola era sólida, y su
dureza pareció crujir.
Miré detrás de mí instintivamente. Una sombra negra, una especie delarva, quedaba tendida
sobre el pavimento. Se retorcía con dolorosascontracciones, lo mismo que un reptil partido en
dos. Salían gemidos éinsultos de este paquete humano que intentaba elevarse sobre sus
brazos,arrastrando las piernas rotas.
—¡Brutos!... ¡Me han matado!
Pero instantáneamente dejé de verle. Apareció ante mis ojos el extremoopuesto de la avenida.
El automóvil acababa de virar, con tantafacilidad, que caí sobre uno de sus costados, vencido por
la bruscarotación.
Se deslizaba de nuevo en busca del caído, y éste, al verle venir, ya nogritó. Tal vez el miedo le
hizo callar; tal vez se imaginaba el infelizque los del vehículo regresaban para darle auxilio, y
enmudecía,arrepentido de sus exclamaciones anteriores.
Ahora la ola fué más dura, más violenta. El automóvil se levantó como sifuera á volcarse, y
hubo un chasquido de tonel que se rompe, estallandoá la vez duelas y aros. Todavía viró el
vehículo varias veces, con lahorrible facilidad de su ágil mecanismo, pasando siempre por el
mismolugar. ¿Cuántas fueron las vueltas?... No lo sé. El obstáculo queencontraban las ruedas era
cada vez más blando, menos violento; ya nolanzaba crujidos de leña seca.
Al día siguiente todos los periódicos hablaron de la muerte casual delpobre Taboada cuando
se dirigía á su domicilio. El suceso dió tema paradeclamaciones contra la barbarie de los
automovilistas que marchan átoda velocidad por las calles, matando al pacífico transeúnte.
El periódico nuestro hasta hizo el elogio fúnebre del ingeniero,declarando que «había que
reconocer noblemente en este enemigo políticoá un hombre de talento, á un gran patriota
lamentablementedesorientado».
Y nada más.... A los pocos días nadie se acordó del infeliz.
Otros sucesos preocupaban á la nación. Se sublevaron los generalescandidatos, al convencerse
de que no triunfarían legalmente. Muchoscreyeron necesario traicionar al gobierno, para seguir
una vez más lascostumbres del país. El presidente fué asesinado, y yo, como primeraprovidencia,
me escapé á los Estados Unidos. Tiempo tendría de volver,cuando se aclarase la tormenta, para
servir á los nuevos amos.

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