producto de nocturnas meditaciones. He huídode algunos de estos protectores, por miedo á que
me fusilasen; sabíademasiados secretos. A otros los he visto caer asesinados cuandomostraban
una confianza majestuosa igual á la de los dioses inmortales.He insultado á hombres que no
conocía, para servir con ello á hombresque despreciaba por conocerlos demasiado.
¿Que mi oficio es vergonzoso?... Soy el primero en confesarlo. Y lo peores que no me ha
enriquecido; sólo me dió para vivir con intermitenciasde locos derroches y largas penurias.
Cuando triunfaban mis protectores,nunca tenían tiempo para regalar algo duradero al que les
había ayudadocon su pluma venenosa.
Además, reconozco mi defecto; soy un bohemio, un vagabundo que nunca sesiente bien allí
donde está, y espera encontrar algo mejor yendo máslejos.
No me creo el único. Los periodistas errantes y los cómicos somos laúltima y miserable
prolongación de la España conquistadora. Vamos yvenimos desde el estrecho de Magallanes á la
frontera de California,pasando á través de diez y ocho naciones que hablan nuestra
lengua,conociendo en unas partes la riqueza y en otras el hambre; aquí, elaplauso y la
admiración; más allá, el insulto y la fuga. Algunos, en suscorrerías, hasta tropiezan con la
Fortuna, y son sus amigos por cortotiempo. Todos, finalmente, terminan sus días en la miseria.
Pero no divaguemos. Quiero decir que, después de mis andanzas por laAmérica del Sur y la
América del Centro, di fondo en Méjico, hace pocomás de diez años. ¡Hermoso y simpático
país! En ninguna parte he vividomejor.
Ya estaría de vuelta allá, á pesar de la última revolución, que me hizohuir; pero no me atrevo.
Existe de por medio el maldito asunto del automóvil del general.
Parecía que Méjico me estuviese esperando, como uno de esos volcanesbondadosos y bien
educados que permanecen tranquilos durante siglos y,apenas un explorador huella su cumbre por
primera vez, empiezan á rugiry á soltar humaredas á guisa de saludo.
Treinta años llevaba el país de dormitar en paz; pero al llegar yodespertó, amenizando mi
existencia con una serie de revoluciones quetodavía no han terminado.
¡Lo que he visto en diez años!... Porfirio Díaz, que parecía eterno,escapando para morir en un
hotel del viejo mundo. Madero, un hombrebueno, que gobernaba moviendo veladores y
conversando con los espíritus,fué cazado á balazos, lo mismo que un corderillo dulce, en las
cuevasdel palacio presidencial. El alcohólico Huerta acabó sus días en unacárcel de los Estados
Unidos, desesperado porque no le dejaban beber. Alviejo Carranza, que parecía construido para
vivir un siglo, lo acaban deasesinar.
En diez años, ¡cuatro presidentes que han terminado de mala manera ó hanmuerto en una
cama que no era suya! Reconozcamos que es demasiadatragedia para tan corto tiempo. Esta
