«¡Me lo han matado!—pensaba—. En este día en que todos ríen, me lo hanmatado por
segunda vez.»
Reapareció su enérgica voluntad de luchadora obscura y humilde. Se lohabían matado allí;
pero iba á resucitar en otra parte. Debía ir á suencuentro.
Buscó bajo su falda aquella bolsa de tela que contenía sus capitales. Sudiestra sólo encontró el
vacío. Después de tenaces exploraciones,salieron á luz unas cuantas monedas de cobre
sosteniéndose entre susdedos. Cincuenta céntimos en total.
Sólo disponía de lo preciso para comprar una entrada en aquel cinemadesconocido de
Grenelle.
No le quedaba dinero para tomar un billete del Metro. Todo lo habíagastado en sus ruidosas
aventuras de la tarde. Tendría que ir á pie; yera tan lejos.... ¡tan lejos!
Un mal pensamiento contrajo su frente.
—¡Si pidiese limosna!... Hoy es un día de regocijo general. Seapiadarán de mí al verme tan
vieja, tan cansada....
Pero á pesar de su cansancio se irguió, con un gesto de altivezofendida. No había mendigado
nunca, y á los setenta años era tarde paraempezar.
—Debo verle...necesito verle.
La fatiga le hizo caer en un banco entre dos árboles del bulevar.Brillaban en la penumbra las
puertas de cafés y tabernas como bocas dehorno. Se confundían en alegre discordancia las
diversas músicas.Pasaban parejas amorosas, perdiéndose en la obscuridad; guerreros deremotos
países que abarcaban con un brazo el talle de una mujer.
—¡Tan lejos!... ¡tan lejos!—seguía suspirando la vieja.
Vió de pronto un soldado que le sonreía, un soldado todo blanco desde elcasco de trinchera
hasta los gruesos zapatos. A través de su cuerpo seveían los árboles, el banco cercano, las gentes
que pasaban. Parecía decristal, de humo sutil, de espuma impalpable.
La hizo señas para que la siguiese, y echó á andar al ver que la viejale obedecía.
—¡Ay, mis piernas!... No podré seguir. Son varios kilómetros. ¡Nollegaré nunca!...
Se dejó caer en otro banco y el soldado transparente se detuvo,volviendo hacia ella un rostro
sombrío, desesperadamente sombrío.
—No te pongas triste. ¡Si supieras cuán cansada estoy! Pero tu abuelano te abandonará
nunca.... Alberto, espérame. ¡Allá voy, pequeño mío!
Y haciendo un esfuerzo supremo, se levantó y siguió marchando en pos delfantasma por las
calles interminables, negras, heladas....
Como marchamos todos á través de las asperezas de la vida, guiados pornuestros recuerdos, al
encuentro de la Ilusión.