—Mi nieta—continuó la vieja, sin inmutarse por esta falta deatención—se llama Julieta, baila
en los teatros, y es célebre. El señorcomisario debe haber visto su retrato muchas veces en los
periódicos yen los carteles de las esquinas. Sólo la encuentro de tarde en tarde.Una mañana,
cuando iba yo empujando mi carretilla, casi me atropelló suautomóvil. Esto la hizo llorar,
asegurando que era por culpa mía, porqueyo no quiero vivir con ella y me empeño en seguir
vendiendo verduras, lomismo que cuando Julieta y su hermano eran pequeños.... Cada uno es
comoes. A mí, aunque soy pobre, no me gusta la manera de vivir de lasartistas. ¿Digo mal, señor
comisario?...
El comisario había cesado de silbar y miraba á la verdulera con ciertointerés. Debía conocer á
su nieta, la célebre bailarina. Iba á hacerlealguna pregunta sobre ella, cuando la vieja siguió
hablando.
—Mi preferido fué siempre Alberto, un obrero aficionado á los libros.Yo, aunque deseo vivir
independiente, iba todos los días á su casa,ayudaba á su mujer, jugaba con su hijo. ¡Un biznieto!
Imagínese quéalegría, señor comisario. No todos llegan á ser bisabuelos.
Se detuvo un instante, como embelesada por dulces recuerdos.
—¡Los días felices de la paz!—añadió—. Un domingo fuimos de campo;comimos junto al
Sena para celebrar el ascenso de Alberto á primercontramaestre de su fábrica.... Dos semanas
después estalló la guerra.
El comisario hizo un gesto, que la vieja creyó de cansancio.
—Sí; ya sé que llevamos cuatro años de guerra y á todos aburre hablarde estas cosas. No
insistiré, señor comisario. Me han dicho que hasta enlos teatros y en los periódicos están
cansados de la guerra y susaventuras. ¡Además, mi historia es la de tantas y tantas
mujeres!...Alberto fué á incorporarse á su regimiento en los primeros días de lamovilización. No
lo vi hasta un año después, que volvió del frentevestido de soldado. Luego vino otra vez. Yo
había acabado poracostumbrarme á esta situación. Me imaginaba que sólo los otros
hombrespodían morir, ¡pero mi Alberto!... Un día recibí un papel, que nos hizollorar á mí y á su
mujer. Después nos visitó un compañero de mi nietopara traernos varios objetos suyos.
La voz de la vieja se enronqueció.
—Y ya no lo vi más, señor comisario.... Ellos me lo mataron.
Pero acordándose de su promesa, hizo un esfuerzo para serenarse y nohablar de la guerra.
—La viuda de Alberto trabaja ahora en una fábrica de municiones alotro lado de París, y yo
sólo de tarde en tarde puedo ver á mi biznieto.Hay que ganarse la vida.... Además, ¿por qué no
decirlo? desde que murióAlberto gusto de entrar en la taberna más que antes. Cada uno mata
supena como puede. Estoy en los setenta, y á esa edad, cuando hay quelevantarse antes del alba
para ir á los Mercados centrales á comprar elgénero, un vasito de vez en cuando es la mejor de
las medicinas. ¿No locree usted así, señor comisario?...
El silencio del aludido quiso demostrar á la vieja lo inoportuna que erasu pregunta. Pero ella
continuó, con cierta precipitación que revelabala proximidad de la parte más interesante de su
relato.