ministro plenipotenciario.Todos se daban cuenta de sus esfuerzos sonrientes y dolorosos
paraconservar el antiguo rango con una modesta pensión procedente del padrey una corta renta
de la madre; sus habilidades taumatúrgicas paramostrarse bien vestidas á poco precio; su
adopción de modas audaces,destinadas al fracaso, para ocultar con pretexto de originalidad
elescaso valor de su indumentaria.
Las gentes murmuradoras denunciaban sus ocultos convenios con modistas ysombrereras, que
les proveían gratis para que propagasen susinvenciones. Pero aquí se detenía la maledicencia. De
sus costumbres, desu vida en la casa, ni una palabra. Las rancias familias diplomáticasque habían
conocido al ministro jamás tuvieron que amonestarlas por unaimprudencia irreparable.
El despecho de los hombres era también un certificado de su honestidad.Corrían hacia ellas,
atraídos por su exterior desenvuelto. Seatropellaban unos á otros, como en una empresa fácil
donde todo el éxitoestriba en llegar antes que los demás. Risas provocativas, ojeadasmisteriosas,
palabras que parecían de esperanza.... Y poco después, unopor uno, los conquistadores
desandaban el camino, cabizbajos yencolerizados, como un perro que se imagina encontrar un
hueso y rompesus colmillos en una piedra.
—Unas astutas las pequeñas Maxeville; unas malignas, que, faltas dedote, buscan un marido á
su modo.
Los mismos que decían esto habían acabado por designarlas con un mote.Las señoritas de
Maxeville fueron en adelante «las vírgenes locas».
Todo resultaba exacto en este apodo, el defecto y la cualidad. Nadieponía en duda su locura,
ni lo otro. Eran como los directores de ciertosBancos, que charlan en el ventanillo de la caja,
sonríen, remueven lasllaves, infunden esperanzas, pero no hacen el más pequeño préstamo
ácrédito, ni el más leve anticipo sobre promesas lejanas.
Las vírgenes locas iban á triunfar finalmente en su desesperada batallacon los hombres. La
mayor, Berta, había conquistado la voluntad de uningeniero ruso, que se mostraba dispuesto á
hacerla su esposa. La menorcasi había conseguido lo mismo con un oficial joven; sólo le
quedaba porvencer la resistencia de una madre orgullosa y tradicionalista, quevivía en
provincias....
En esto, un trompetazo desgarrador, insolente, brutal, cortó el ambientede músicas sensuales y
danzas voluptuosas con que se adormecían loshumanos. Y la gente feliz corrió de un lado á otro,
en pavorosorevoltijo, como los pasajeros de un trasatlántico que bailan en losdorados salones,
vestidos de etiqueta, y de pronto escuchan, la voz dealarma de un tripulante: «¡Fuego en las
bodegas!»
El segundo día de la movilización, la gente agolpada en lasinmediaciones de la estación del
Este las vió llegar vestidas de negro,con un traje sobrio y casi monacal, un pequeño sombrero
