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al cuartel de lapolicía. Los vecinos que tomaban el fresco ante sus casas saltaban delas sillas y
desaparecían, adivinando lo que significaba este rápidoavance de hombres armados.
Cuando los invasores llegaron frente al cuartel, vieron cómo se cerrabansus puertas y cómo
salían de sus ventanas los primeros fogonazos. ¡Golpeerrado! Pero nadie pensó en huir. Porque
la sorpresa fracasase, no ibaná privarse del gusto de seguir cambiando tiros con los
aborrecidoscontrarios.
—¡Viva el doctor Sepúlveda! ¡Abajo el gobierno usurpador!
Y repartidos en grupos ocuparon todas las bocacalles que daban á laplaza, disparando contra
el cuartel.
Un hombre gordo y obscuro de color, oficial de la policía, se mostrabaen una de las ventanas
con una tranquilidad asombrosa. Extendiendo unbrazo, disparaba su revólver contra los rebeldes:
—¡Canallas! ¡Hijos de...tal! ¡Perros!
Luego, sacando otro brazo, disparaba el segundo revólver, se metíaadentro para cargar sus
armas y volvía á aparecer.
La mayor parte de los asaltantes parecieron olvidar el motivo políticoque los había traído
hasta allí. Ya no pensaban en el «gobiernousurpador» ni en asaltar el cuartel. Toda su atención la
concentraron enaquel hombre que seguía insultándoles sin tomar precauciones. Llovíanlas balas
en torno de su persona, pero ni una sola lograba tocarle.
—No gastes tus cartuchos, hermano—continuó Jaramillo, con unaexpresión fatalista—. Ese
hombre posee un talismán, un payé que lehace invulnerable como el diablo.... ¿Quién sabe si
lleva en el pechoalguna pluma de caburé?
Morales cesó de disparar. Tenía una ciega confianza en la sabiduría desu compañero. Además,
conocía desde su niñez el poder de una pluma decaburé.
—¡Viva el partido blanco! ¡Abajo Sepúlveda! ¡Mueran los colorados!
Era el refuerzo enemigo que llegaba. Sonaron nuevos tiros en el fondo delas calles. Pasada la
primera sorpresa, acudían las otras fuerzas delgobierno en socorro del cuartel.
—Esto se acabó. Hay que retirarse—dijo Jaramillo.
Los dos camaradas corrieron hacia el muelle, doblando el cuerpo parahacerse más pequeños
ante las balas con que los perseguía el enemigo.Otros siguieron defendiéndose rudamente á sus
espaldas.
Llegaron al puerto á tiempo para ver cómo uno de los vaporcitos huía ríoarriba, perdiéndose
en la noche, y cómo el otro empezaba á apartarse delmuelle de madera. Esto no extrañó á
Jaramillo.
—¡Qué puede esperarse de extranjeros, de gringos que carecen defervor político y no son del
partido!...
Es natural, tratándose de dos capitanes genoveses.

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