El capitán entró en este refugio, que olía á carne descompuesta, sangreseca, ropas sucias y
alientos agrios. A sus primeras palabras, todos losque conservaban alguna energía se agitaron
bajo la luz humosa del únicofarol. Cesaron los quejidos. Se hizo un silencio de sorpresa, de
pavor,como si estos moribundos pudiesen temer algo más grave que la muerte.
Al oír que iban á quedar abandonados á la clemencia del enemigo, todosintentaron un
movimiento para incorporarse; pero los más volvieron ácaer.
Un coro de súplicas desesperadas, de ruegos dolorosos, llegó hasta elcapitán y los soldados
que le seguían....
—¡Hermanos, no nos dejéis!... ¡Hermanos, por Jesús!
Luego reconocieron lentamente la necesidad del abandono, aceptando susuerte con
resignación. ¿Pero caer en manos de los adversarios? ¿Quedará merced del búlgaro ó el turco,
enemigos de largos siglos?... Los ojoscompletaron lo que las bocas no se atrevían á proferir. Ser
servioequivale á una maldición cuando se cae prisionero. Muchos que estabanpróximos á morir
temblaban ante la idea de perder su libertad.
La venganza balkánica es algo más temible que la muerte.
—¡Hermano!... ¡hermano!...
El capitán, adivinando los deseos ocultos en estas súplicas, evitaba elmirarles.
—¿Lo queréis?—preguntó varias veces.
Todos movieron la cabeza afirmativamente. Ya que era preciso esteabandono, no debía
alejarse la retaguardia dejando á sus espaldas unservio con vida.
¿No hubiera suplicado el capitán lo mismo al verse en idénticasituación?...
La retirada, con sus dificultades de aprovisionamiento, hacía escasearlas municiones. Los
combatientes guardaban avaramente sus cartuchos.
El capitán desenvainó el sable. Algunos soldados habían empezado ya eltrabajo empleando las
bayonetas, pero su labor era torpe, desmañada,ruidosa: cuchilladas á ciegas, agonías
interminables, arroyos de sangre.Todos los heridos se arrastraban hacia el capitán, atraídos por
sucategoría, que representaba un honor, y admirados de su hábil prontitud.
—¡A mí, hermano!... ¡A mi!
Teniendo hacia fuera el filo del sable, los hería con la punta en elcuello, buscando partir la
yugular del primer golpe.
—¡Tac!... ¡tac!...—marcaba el capitán, evocando ante mi esta escenade horror.
Acudían arrastrándose sobre manos y pies; surgían como larvas de lassombras de los rincones;
se apelotonaban contra sus piernas. Él habíaintentado volver la cara para no presenciar su obra;
los ojos se lellenaban de lágrimas.... Pero este desfallecimiento sólo servía paraherir torpemente,
repitiendo los golpes y prolongando el dolor.¡Serenidad! ¡Mano fuerte y corazón duro!... ¡Tac!...
¡tac!...