Y todos estos hombres, que han colgado su vida como ofrenda en el altarde la diosa pálida,
beben la existencia á grandes tragos, ríen, copean,cantan y besan con el entusiasmo exasperado
de los marinos que pasan unanoche en tierra y al romper el alba deben volver al encuentro de
latempestad.
Los dos servios son jóvenes y parecen satisfechos de que las aventurasde su patria les hayan
arrastrado hasta París, ciudad de ensueño quetantas veces ocupó su pensamiento en la bárbara
monotonía de unaguarnición del interior.
Ambos «saben relatar», habilidad ordinaria en un país donde casi todosson poetas. Lamartine,
al recorrer hace tres cuartos de siglo la Serviafeudataria de los turcos, quedó asombrado de la
importancia de la poesíaen este pueblo de pastores y guerreros. Como muy pocos conocían
elabecedario, emplearon el verso para guardar más estrechamente las ideasde su memoria. Los
«guzleros» fueron los historiadores nacionales, ytodos prolongaron la Ilíada servia improvisando
nuevos cantos.
Mientras beben champaña, los dos capitanes evocan las miserias de suretirada hace unos
meses; la lucha con él hambre y el frío; las batallasen la nieve, uno contra diez; el éxodo de las
multitudes, personas yanimales en pavorosa confusión, al mismo tiempo que á la cola de
lacolumna crepitan incesantemente fusiles y ametralladoras; los pueblosque arden; los heridos y
rezagados aullando entre llamas; las mujerescon el vientre abierto, viendo en su agonía una
espiral de cuervos quedescienden ávidos; la marcha del octogenario rey Pedro, sin más apoyoque
una rama nudosa, agarrotado por el reumatismo, y continuando sucalvario á través de los blancos
desfiladeros, encorvado, silencioso,desafiando al destino como un monarca shakespiriano.
Examino á mis dos servios mientras hablan. Son mocetones carnosos,esbeltos, duros, con la
nariz extremadamente aguileña, un verdadero picode ave de combate. Llevan erguidos bigotes.
Por debajo de la gorra, quetiene la forma de una casita con doble tejado de vertiente interior,
seescapa una media melena de peluquero heroico. Son el hombre ideal, el«artista», tal como lo
veían las señoritas sentimentales de hacecuarenta años, pero con uniforme color de mostaza y el
aire tranquilo yaudaz de los que viven en continuo roce con la muerte.
Siguen hablando. Relatan cosas ocurridas hace unos meses, y parece querecitan las remotas
hazañas de Marko Kralievitch, el Cid servio, quepeleaba con las wilas, vampiros de los bosques,
armadas de unaserpiente á guisa de lanza. Estos hombres que evocan sus recuerdos en unbar de
París han vivido hace unas semanas la existencia bárbara éimplacable de la humanidad en su más
cruel infancia.
El amigo francés se ha marchado. Uno de los capitanes interrumpe surelato para lanzar
ojeadas á una mesa próxima. Le interesan, sin duda,dos pupilas circundadas de negro que se
fijan en él, entre el ala de ungran sombrero empenachado y la pluma sedosa de un boa blanco. Al
