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Gatsby
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á un igual cuando se le ocurríaperder una semana en el ferrocarril yendo de San Francisco á
Nueva York.
Podía haber dejado á su hija una fortuna inmensa; pero el minero erahombre de acción más
que de administración, y se gozaba en emprendercada año un nuevo negocio, abandonando los
mejores provechos de losanteriores á los consocios fríos y marrulleros que quedaban á
susespaldas. Él necesitaba ir siempre adelante, olvidando la buena suertede ayer para soñar con
la nueva fortuna de mañana.
El señor Foster (padre), su compañero de miseria cuando ambos eransimples jornaleros,
poseía una fortuna mayor que la suya, porhaberse limitado á seguirle en las explotaciones
segaras, dejándoleavanzar solo en las que consideraba aventuradas. Pero, aun así, el díaen que
Graven murió, aplastado por la caída del andamiaje de un pozo depetróleo, su desconsolado
camarada Foster, que era su albaceatestamentario, se encontró, al hacer el balance, con que la
única hijade su amigo representaba para el que se casase con ella unos sesentamillones de
dólares.
Por esto Mina, al oír hablar á sus amigas de un marido rico, sonreía concierto desprecio. Ella
no necesitaba dinero, y podía casarse con quienle placiese. Con no menos indiferencia acogía la
imagen del atleta,hábil en todos los deportes, que evocaban otras. A la señorita Craven lebastaba
con su propio atletismo. Su padre la había enviado á la famosaUniversidad cuando era una
pequeña salvaje de trece años, acostumbrada ágalopar días enteros en las llanuras de Arizona
sobre caballos domadospor ella misma. Su madre, una mujer sencilla, había muerto como
abrumadapor la avalancha de millones que iba derrumbándose sobre su hogar; yCraven,
preocupado por esta hija algo indómita que no le dejabadedicarse con tranquilidad á sus
negocios, la había metido en un colegiocélebre para que fuese una gran señora como las que él
había visto delejos en las ciudades. La fama de este centro de enseñanza, establecidoen un
bosque de varias leguas, con lagos, montañas y palacios, habíallegado confusamente hasta sus
oídos. Le bastaba con saber que vivían enél varias hijas y sobrinas de antiguos presidentes. Y
allá, envió áMina, poco antes de su muerte.
Ésta, aburrida y furiosa al verse encerrada en el enorme parque, que áella le parecía pequeño,
ideó varios planes terribles, que,afortunadamente, no puso nunca en práctica. Pensó incendiar el
palacioen que estaba el gabinete de Física con sus instrumentos, creadosúnicamente para aburrir
á las pobres muchachas; pensó igualmente,durante los primeros meses, en matar á tiros de
revólver á cierto vejeteque explicaba matemáticas y se había reído sarcásticamente de
suignorancia. Luego abandonó tales proyectos, y, con la ambición dedemostrar que no era una
salvaje, se entregó al cultivo de todas lasartes que estaban de acuerdo con sus facultades.
Llegó á ser la primera en el gimnasio. Saltó horas y horas el caballo demadera, con un volteo
incansable, riendo de este ejercicio pueril con lasuperioridad de una amazona acostumbrada á
ponerse de pie sobre caballosen pelo, apeándose y volviendo á subir en el animal sin que
éstedetuviese su carrera. Fué capitana de polo-water, atravesando como unanáyade el profundo
cristal de la piscina del gimnasio. En la clase deesgrima cansaba al profesor con su florete
impetuoso y sus piernas deacero. La directora de la Universidad empezó á inspirarle
ciertaantipatía por haberle prohibido que tirase al revólver en un rincón delparque, lo mismo que
tiraba de pequeña en algunos de los campamentos deCraven, ante los viejos mineros.

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