Read The Great
Gatsby
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Ahora añadía á sus triunfos corporales cierto prestigio de hombre deciencia, dedicándose á la
aviación, volando casi todas las semanas, yfrunciendo el ceño con aire misterioso cuando alguien
hablaba en supresencia de problemas de mecánica.
Ella era Odette para sus amigas, la incomparable Odette, y para el restodel mundo
mademoiselle Marsac, un nombre famoso, pues figuraba en todaslas crónicas elegantes, en todos
los estrenos, en todas las revistas demodas.
Los meditabundos y sublimes modistos de la rue de la Paix contaban conella para lanzar en
las grandes solemnidades de la vida parisién susinnovaciones de artista calenturiento. Su cuerpo
incomparable hacíapalidecer y suspirar á las mujeres: cincuenta y dos kilos de peso; unescote
«ideal»; las clavículas marcando sus elegantes aristas como sifuesen un zócalo de la frágil
columna del cuello; los omoplatosdespegándose de la espalda lo mismo que alas nacientes; las
piernaslargas y casi rectas asomando tranquilas, sin miedo á la tentación, porel borde de la falda;
una capa de substancia carnal repartida conparsimonia para recubrir solamente las rudezas del
interno andamiaje; uncuerpo casi «aéreo», un pretexto para que los vestidos contuviesen algoen
su interior y no se movieran solos. Y sobre este organismosupremamente distinguido un rostro
alargado por el mentón en punta, conun pequeño redondel rojo, la boca; dos almendras enormes
y negras, losojos; dos tirabuzones sobre las orejas iguales á las patillas de un«toreador», y una
torre de pelo mixto, con rizos propios y ajenos. LaVenus moderna, tal como la adora en sus
geniales ensueños un iluminadorde figurines.
A principios de 1914, un nuevo sport había enloquecido á todas lasgentes distinguidas de
París y de las capitales de Europa y América queforman sus arrabales. El mundo decente movía
las caderas bailando eltango. Y á la cabeza de esta humanidad «tangueante» figuraron Mauricio
yOdette.
El se había encerrado con un profesor argentino, jurando á los dioses novolver á la luz hasta
poseer esta nueva ciencia, como poseía las otras.Y una tarde empezó á recibir la admiración del
mundo, moviendo susacharolados pies con altos tacones, su talle encorsetado por el
ceñidochaquet, su cabeza de brillante laca con el pelo rígido y echadoatrás, bajo las lámparas
eléctricas de un hotel de los Campos Elíseos.
Ella compartía la misma admiración en otro extremo de la escena, y losdos se buscaron con la
atracción de dos astros que se presienten, con elirresistible impulso de dos afinidades electivas,
para no separarse más.
Bailaron en adelante el uno para el otro. Imposible encontrar el ritmosublime en brazos
distintos. Y sin romper el misterioso silencio de ladanza sagrada, mientras se contoneaban,
graves y meditabundos, con todaslas potencias intelectuales fijas en el movimiento de los
pies,reconocieron los dos la necesidad de no perder la pareja para seguirbailando eternamente.
Así se amaron, así se casaron, y el «todo París» se levantó una mañanados horas antes que de
costumbre para asistir á una ceremonia nupcialadornada con la presencia de todos los poderosos
de la industria y unsinnúmero de personajes políticos, amigos del abuelo de la desposada.
El amor idílico de los recién casados no ofrecía dudas. Mauricio habíaprocedido como un
verdadero enamorado, diciendo ¡adiós!, sin esperanzade retorno, á sus varias amantes,
sacerdotisas de las más nobles artes:la comedia, la ópera y el baile. ¡Se acabaron las locuras! Su

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