convertía en escarcha. Lospelos de su bigote y de su barba se habían engruesado con una costra
dehielo. Todo el calor de su vida parecía concentrarse en su cabeza y suspiernas.
Ya distinguía la fila de pedruscos semejante á las ruinas de una pared.Después vió el montón
que formaba la tumba y los dos maderos en cruz.
Empezaba á soplar de nuevo el huracán cuando llegó ante el rústicomausoleo del desierto.
Pero el gaucho parecía insensible á lasferocidades de la atmósfera y de la tierra. Toda su
atención laconcentraba en sus ojos, y vió al pie de la cruz el mismo bote queservía para recoger
las limosnas, la misma piedra que ocupaba su fondopara sostenerlo, todo igual que dos años
antes. Únicamente la vasijatenía su metal más oxidado y tal vez la piedra que la sujetaba no era
lamisma.
«¡Al fin!...» ¡Cómo había deseado este momento!... Intentó quitarse elsombrero antes de
hablar con la difunta, pero no pudo. No tenía manos,ni tampoco brazos. Pendían de sus hombros,
pero ya no eran de él.
Consideró como un detalle insignificante permanecer con el sombrerocalado, y quiso hablar.
Pero aunque hizo un esfuerzo extraordinario, nosalió de su boca el más leve sonido. Tampoco
dió importancia á esteaccidente. Su pensamiento no estaba mudo, y bastaría para que él y
ladifunta se entendiesen.
—Aquí estoy, difunta Correa—dijo mentalmente—. He tardado un poco,pero no fué por mi
culpa: bien lo sabe usted y su hijito. Traigo elpréstamo, con los intereses que le prometí. Son
cuarenta pesos.... No hepodido traer más.... Me ha sido imposible juntar más....
Fué á sacarlos de su cinto para que los viese la difunta, depositándolosdespués bajo la piedra,
en el mismo lugar donde dejó su recibo, pero susmanos le habían abandonado. Hizo un esfuerzo
desgarrador, sin conseguirtampoco que sus brazos se moviesen. ¡Muertos para siempre!... La
mismaparálisis había empezado á extenderse por sus piernas al quedarinmóviles, sin el cálido
aceleramiento de la marcha.
De pronto se doblaron y cayó de rodillas. Luego, sin saber por qué, ycontra el mandato de su
voluntad, que le gritaba: «¡No te tiendas! ¡note entregues!», se fué acostando lentamente, como
si la tierra tirase deél proporcionándole una voluptuosidad dolorosa.
Quería dormir, pero al mismo tiempo el deseo de dejar bien claras lascuentas le hizo continuar
sus explicaciones mentales. Él había traído eldinero: ¿por qué no quería aceptarlo la difunta? «Le
digo,señora—continuó—, que no fué culpa mía. Me engañaron todos los que yoenvié cuando era
tiempo.... Pero ¿es que no quiere usted escucharme?...»
Notó repentinamente que alguien le oía. Un ser viviente había surgidoentre las piedras de la
tumba, y avanzaba hacia él arrastrándose. Estamanera de moverse no le pareció extraordinaria.
También él vivía en estemomento á ras de tierra.
Como le era imposible levantar su cabeza del suelo, oyó cómo seaproximaba aquel ser
viviente, pero sin poder verlo. Debía ser ladifunta Correa, que, apiadada de su inmovilidad, había
abandonado latumba para tomarle el dinero del cinto. Tal vez venía con ella la«Viuda del
farolito».