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Hubo una larga pausa, y el tío Correa terminó así:
—Vosotros y yo, y todos los que pasamos la vida encorvados sobre latierra para sostener
nuestra miserable existencia, somos losdescendientes de aquellos infelices que nuestra primera
madre encerró enel establo.
Los segadores quedaron en un prolongado y reflexivo silencio. Pero depronto, una voz surgió
de la penumbra:
—¿Y las mujeres?... ¿Qué hace usted de las mujeres?
El tío Correa, sorprendido y perplejo, paseó una mirada por el corro deoyentes, preguntando:
—¿Qué mujeres son esas? ¿Qué tienen que ver las mujeres con estahistoria?
El segador medio oculto en la obscuridad, añadió:
—Eva, seguramente, tendría alguna vez hijas, pues de no ser así, noexistirían mujeres
actualmente, y las hay en todas partes...tal vezdemasiadas; ¿no es esto, tío Correa?... Lo que yo
pregunto es cuál fuéla suerte de las hijas de Eva. ¿Nuestra primera madre presentó algunasal
Señor, para que también les hiciera un regalo, ó las encerró á todasen el establo en compañía de
nuestros pobres abuelos?
Un murmullo de curiosidad se elevó del corro, semejante al que surge deuna reunión electoral
cuando el discurso del candidato queda cortado poruna objeción imprevista.
Todos los ojos se volvieron hacia el viejo, que se rascaba la cabeza,mirando al suelo con una
expresión de inquietud y de duda.
De pronto sonrió, triunfante.
—Bien se ve—dijo con una voz dulzona—que el que ha hecho esa preguntaes joven y sin
experiencia. Eva era mujer y conocía demasiado bien lasnecesidades de las mujeres para perder
el tiempo en peticionesinútiles. Dios, con ser Dios y disponer de todo lo existente, no puededar
nada á las mujeres después que han nacido.
Hizo una larga pausa para gozar del silencio con que la curiosidad y elinterés acogían sus
palabras.
—Antes de que ellas nazcan—continuó—, Dios puede darles la belleza yla gracia á manos
llenas, y hasta algunas veces les da la discreción yel talento. Pero después que están en el
mundo, su única esperanza es elhombre. Todo lo que son y lo que tienen lo deben al hombre.
Para ellases el trabajo de los pobres, el poder de los que gobiernan, las hazañasde los soldados, el
dinero de los millonarios. Ellas son las que tuercencon más facilidad la dureza de la justicia....
No; las mujeres no tienennada que pedir á Dios, pues todo lo reciben de los hombres.... Y
loshombres, cuando trabajan por la gloria, por la ambición ó por amor aldinero, no hacen en el
fondo mas que trabajar por ellas y para ellas.

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