Iba á terminar la siega en la gran estancia argentina llamada «LaNacional». Los hombres
venidos de todas partes para recoger la cosechahuían del amontonamiento en las casas de los
peones y en lasdependencias donde estaban guardadas las máquinas de labranza con losfardos de
alfalfa seca. Preferían dormir al aire libre, teniendo poralmohada el saco que contenía todos sus
bienes terrenales y les habíaacompañado en sus peregrinaciones incesantes.
Se encontraban allí hombres de casi todos los países de Europa. Algunoseternos vagabundos
se habían lanzado á correr la tierra entera parasaciar su sed de aventuras, y estaban
temporalmente en la pampaargentina, unos cuantos meses nada más, antes de trasladar su
existenciainquieta á la Australia ó al Cabo de Buena Esperanza. Otros, simpleslabriegos,
españoles ó italianos, habían atravesado el Atlánticoatraídos por la estupenda novedad de ganar
seis pesos diarios por elmismo trabajo que en su país era pagado con unos cuantos céntimos.
Los más de los segadores pertenecían á la clase de emigrantes que lospropietarios argentinos
llaman «golondrinas»; pájaros humanos que cadaaño, cuando las primeras nieves cubren el suelo
de su país, abandonanlas costas de Europa, levantando el vuelo hacia el clima más cálido
delhemisferio meridional. Trabajan duramente verano y otoño, y cuando elviento pampero
empieza á azotar las llanuras, asustados por laproximidad del invierno, regresan á los lugares de
procedencia, donde latierra empieza á despertar entonces bajo las primeras cariciasprimaverales.
Cada año vuelven, apretados como un rebaño en la proa de los mugrientosvapores de
emigrantes, para trabajar en las estancias y reunir suseconomías, soñando incesantemente con el
lejano país. Parecen resbalarsobre el suelo de la República Argentina, sin hacer el menor
esfuerzopara arraigarse en él. Una vez terminada la recolección, huyen, llevandoen la faja el
producto de su trabajo y dispuestos á volver al añosiguiente.
La hora de la cena era el mejor momento de la jornada para los segadoresde «La Nacional».
Se reunían en grupos, atraídos por el vínculo delorigen común ó por el encanto personal de la
simpatía. Cenaban al airelibre, sentados en el suelo alrededor de la marmita humeante. Aunque
lasnoches fuesen cálidas, encendían hogueras, buscando la protección de lasllamas y del humo
contra los feroces mosquitos, dominadores de lallanura.
Algunos segadores que poseían un poder instintivo de dominación tratabaná sus camaradas
como jefes. Dentro de estos grupos que, procedentes dediversos lugares de la tierra, habían
venido á juntarse en un rincón dela América del Sur, todos los procedimientos de selección
social y laslentas evoluciones que modelan á un pueblo se realizaban en pocos días.Los que
habían nacido para el mando ó los que se distinguían de suscamaradas por cualquier don especial
se elevaban rápidamente sobreellos. Unos eran respetados por su coraje, otros por su
palabraoratoria, otros por su experiencia.
El tío Correa, un vejete enjuto, descarnado, pero todavía fuerte á pesarde su edad, era el
oráculo de los segadores españoles. Su conocimientoprofundo de los hombres, sus consejos
astutos, su larga familiaridad conla República Argentina, donde trabajaba hacía treinta años,
leproporcionaban una sólida reputación.