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Gatsby
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padreconsiguió verlo, una sola vez, en un hospital de París. En realidad nolo vió, pues sólo tuvo
ante sus ojos una bola de algodones y vendajessobre una almohada; un fajamiento de momia, del
que partían ronquidosde dolor y una mirada vidriosa y resignada.
—Le habían destrozado la mandíbula, señor; no podía hablar. El cráneotambién lo tenía
roto.... Y ya no le vi más. Ahora lo tengo en uncementerio cerca de París, y voy á visitarle
siempre que estoy libre deservicio.
No llora, no puede llorar. Su dolor, en vez de escaparse á través de losojos, se esparce por el
cerebro, corre entre las cordilleras de loslóbulos, se desliza como humo de suave locura por las
revueltascallejuelas de sus anfractuosidades. Empieza á mostrar la pesadez delmaniático,
hablando á todos del muerto; ve el universo entero á travésde su hijo.
A pesar de esto, se da cuenta de que yo deseo dormir y deja para el díasiguiente la repetición
de su historia, siempre nueva é interesante paraél. «¡Buenas noches!» Media hora después,
tendido en la obscuridad, oigoen el inmediato pasillo su voz que domina el chirrido de los ejes,
lamelopea de oleaje costero que lanzan las ruedas, los saltos crujientesdel vagón, iguales á los de
un camarote de trasatlántico. Habla con unosoficiales ingleses que van á embarcarse en Brindis;
les lee la últimacarta de esperanza. Los cortos espacios de silencio traen hasta
mi,caprichosamente, algunos renglones, como pedazos de papel arrastradospor el huracán:
«Papá: cuando termine la guerra....»
II
Alguien ha anonadado con su presencia á los que ocupamos el resto delvagón. Los oficiales
ingleses, con todas las condecoraciones que adornansus pechos y su tez curtida por el sol de
exóticas campañas, noexisten; unas condesas italianas, que han de bajar en Turín y
ostentancoronas en los forros de sus maletas, quedan como aplastadas en sucompartimiento; yo
doy gracias humildemente al igualitario progreso delos tiempos actuales, que me permite dormir
separado por un tabique demadera de la persona que descansa en la pieza inmediata.
Dos señoras vestidas de negro han subido en París. Un grupo de hombresha permanecido en el
andén hasta el último instante mirándolas con mudorespeto: unos en traje civil, de sobria
elegancia, esbeltos, bienafeitados, con un monóculo bajo la ceja arqueada, secretarios
yagregados de la Embajada británica; otros con uniforme de marino, perouniforme de batalla, sin
faldones, sin dorados, apoyándose en unbastoncillo de paseo, ostentando en la visera de la gorra
el reborde delaureles que distingue á los jefes superiores.
Circula por el vagón el nombre de una de las viajeras. Es una duquesa dela corte de Inglaterra,
una amiga de la difunta reina Victoria,cincuenta años de historial británico encerrados en un
cuerpo que debióser hermoso y ahora aparece algo hinchado por la edad y
plebeyamenteenrojecido. Una corona de cabellos blancos suaviza la tez subida decolor; los ojos
son los únicos que conservan en su majestuoso azul elreflejo de la pasada gloria. Lleva un
gorrito albo y encañonado debajodel luengo velo de luto. Su acompañante es más alta, más

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