—Pero ¿qué le ha dado á ese hombre?... ¿Qué es lo que busca?... Sideseaba algo, no tenía mas
que haberlo pedido.
El asombro les hacía suponer fuerzas ocultas y temibles detrás delsublevado. Algunos
hablaron de meter inmediatamente en la cárcel ávarios personajes de la capital para someterlos á
un Consejo de guerra.
El poderoso caudillo que pasaba por ser el protector de Martínez y de suesposa parecía más
indignado que los otros, para librarse de este modode toda sospecha de complicidad.
Precisamente cuando hablaba de la conveniencia de fusilar á un hombreque no se había
sublevado nunca y sólo se decidía á hacerlo cuando losantiguos insurrectos acordaban
mantenerse en paz, anunciaron á lagenerala Martínez.
Entró doña Guadalupe. Muchos de los presentes, que eran jóvenes y teníanaficiones literarias,
creyeron ver la imagen de la Venganza. Parecía conmás bigote; los ojos le brillaban de tal modo,
que era difícil mirarlade frente. Sobre la torre de su cabellera temblaba un gran sombrero
deterciopelo que había sustituido momentáneamente á la gran peineta de suvida de salón.
—¿Le parece á usted bien lo que ha hecho ese imbécil?—gritó elprotector antes de
saludarla—. ¿No merece que...?
Pero se detuvo, impresionado por el aspecto de la generala. Nunca lahabía visto tan
interesante: ni aun cuando se defendió de él con ellátigo.
—Vengo á pedir al gobierno—dijo solemnemente la amazona—que me dé elmando de un
batallón. Yo me encargo de batir á ese sinvergüenzón.
Y añadió que lo traería allí mismo, atado con una cinta de sus enaguas.
El presidente, los ministros y demás personajes empezaron á mirar concierto interés risueño á
la generala, dejando á su compañero la tarea decontestarle.
—¡Calma, doña Guadalupe!—dijo éste—. Hablemos en serio. Un batallónno se le entrega á
una mujer.
—Entonces, pido que se me permita marchar con las fuerzas que saldrán áperseguirle. Ya sabe
usted que yo he hecho la guerra. Deseo ir comosimple soldado.
El personaje intentó desviar la conversación, para no repetir sunegativa.
—Pero ¿por qué se ha sublevado ese hombre? ¿Qué mal le ha hecho elgobierno?...
La generala contestó con un gesto de extrañeza. ¿Qué tenía que ver elgobierno en tal
asunto?... Luego, sus ojos se humedecieron con lágrimasde cólera. Su voz se puso ronca y apretó
los puños:
—¡Si él los quiere mucho á todos ustedes!... Acabo de hablar conpersonas que vienen de allá,
y sé bien lo que digo. No; ese canalla nose ha sublevado contra el gobierno. Se ha sublevado
únicamente contramí.... ¡Contra mí, que soy su mujer!