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Gatsby
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Su autoridad se extendía nominalmente sobre un territorio más grande quealgunas naciones de
Europa, pero sólo era efectiva en la población dondehabía establecido su Estado Mayor y en
otros grupos urbanos ocupados porsus tropas.
La importancia de estas tropas también era más ilusoria que real. Vistasdesde las oficinas
ministeriales de Méjico, constaban de una docena demiles de hombres, con casi igual número de
caballos. Sobre el terreno delas operaciones los regimientos se achicaban hasta convertirse
enpartidas; los miles de combatientes bajaban á ser centenares; y loscaballos, que debían estar
próximos á morir de un reventón, según lasmontañas de forraje que llevaban consumidas—a
juzgar por las cuentaspagadas por el Ministerio de la Guerra—, eran escuálidos jamelgos
quepastaban en los campos de los particulares, alimentándose á la venturacon lo que podían
encontrar.
El general, siguiendo una respetable tradición, se guardabatranquilamente los sueldos de los
combatientes que no existían y elvalor de los piensos que jamás habían olido sus caballos. De
algún mododebía pagar la patria los servicios pretéritos de sus héroes y los quele seguirían
prestando en el resto de sus días.
Continuaba en guerra el país. En vano el gobierno de la capital hacíadecir á los periódicos que
sólo se mantenían en armas algunos bandidos,á los que pensaba exterminar de un momento á
otro. Lo de que fuesenbandidos ó no lo fuesen quedaba reservado á la apreciación
siempredivergente de los gobernantes y de sus enemigos; pero lo cierto era quelos que corrían
montes y campos, haciendo saltar trenes con dinamita,quemando poblaciones, fusilando
prisioneros y llevándose mujeres, habíanconvivido como camaradas de armas con los mismos
que marchaban ahora ensu persecución.
Martínez se tuteaba con todos los insurrectos que tenía encargo defusilar así que cayesen en
sus manos. Meses antes eran todavía tangenerales como él. Hasta le obligaban á marchar contra
su antiguo ídoloel temible Villa, y procuraba hacerlo con la mayor discreción, como
unesgrimista novel que se bate con su maestro.
Perseguidos y perseguidores parecían evitar los golpes decisivos. Losadversarios de Martínez
propalaban en la capital que éste tenía másempeño en eternizar la guerra que los mismos
insurrectos. La pazsignificaba para él, como para los otros jefes de operaciones, lasupresión de
los regimientos fantasmas y de los piensos de la caballadano menos irreales.
Pero el valeroso Doroteo despreciaba estas invenciones de lamalevolencia. ¡Qué hombre
ilustre carece de envidiosos!
Había perdido su timidez de los primeros tiempos de la revolución,cuando rondaba en torno
de los caudillos principales como un oficial delealtad perruna, siempre dispuesto á encargarse de
las misionespeligrosas. Empezaba a creer que había nacido para cumplir una misiónhistórica,
según afirmaban sus aduladores. Al marcharse á la guerra,sólo sabía trazar su firma como un
jeroglífico, y aun esto lo habíaaprendido durante unos meses que pasó en la cárcel á causa de
ciertaspuñaladas recibidas por alguien que pretendía casarse con la que ahoraera su mujer.
Durante la guerra se familiarizó con la literaturadeclamatoria de las proclamas y los artículos
revolucionarios, y pudollegar á leer de corrido estos impresos, siempre que fuesen de
letragruesa.

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