Read The Great
Gatsby
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¡Simpático maestro! ¿Cómo no quererle?... Su alma desconocía lainjusticia.
Al llegar la hora de los brindis, hablaron como una docena de señores.Luego, el poeta
pronunció su discurso de gracias.
Fué una hermosa pieza oratoria; y como Simoulin, á pesar de su lirismo,gustaba de tener
siempre un tema fijo, en torno del cual podía enroscarcaprichosamente sus improvisaciones,
escogió uno: «el valor cívico y elvalor guerrero».
Inútil es decir que, desde los primeros párrafos, el pobre valorguerrero quedó muy por debajo
del valor cívico.
Tal vez por esto, Pierrefonds, que era militar, empezó a sentir ciertainquietud. Le daban miedo
los ojos brillantes del maestro, unos ojosjuveniles, detrás de cuyos cristales empezaba á danzar
«la loca de lacasa». Adivinó que el alma del poeta no estaba allí. Volaba por un
mundofantástico, y volvería dentro de unos instantes, derramando sobre lamesa, como flores
reales, todas las rosas quiméricas recogidas en suviaje. ¿Qué iba á decir?... Su palabra
continuaba fluyendo, sonora,fácil, entusiástica.
—Y para terminar, señores, puedo citaros un ejemplo, que hará ver,mejor que todas mis
palabras, lo que son los dos valores.
»Aquí está mi amigo el comandante Pierrefonds, mi compañero decautiverio, un verdadero
héroe, un soldado cubierto de condecoraciones yde heridas, que realizó las mayores hazañas en
nuestras guerrascoloniales. Su valor guerrero es indiscutible. Yo no soy mas que unpobre poeta,
capaz, en determinados momentos, de mostrar cierto valorcívico.
»Ya conocéis la escena de nuestra salida de esta ciudad como prisionerosde los alemanes. La
prensa, el libro y hasta el grabado han reproducidoesta escena, tributándome con ello una gloria
que no merezco. Yogrité.... lo que grité; fué algo superior á mi voluntad, que tal vez
meaconsejaba ser prudente. Pero el valor cívico, cuando despierta, noconoce el peligro.
»Y apenas grité «¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los verdugos!» este hombre deguerra, héroe de
cien campañas, tal vez porque tiene un sentido de larealidad más exacto que yo, que no soy mas
que un pobre poeta, me agarrólas manos, suplicándome: «¡Por Dios, maestro! ¡Nada de locuras!
¡Nos vausted a hacer matar a todos!...» Esto no lo habrá olvidado seguramentemi querido
camarada de infortunio. Y como es un soldado de valorindiscutible, podrá reconocer también sin
rubor alguno que tal vez enaquella ocasión sintió cierto miedo, el primer miedo de toda su vida.
El comandante no pudo protestar. Una aclamación ensordecedora habíainterrumpido la
elocuencia del orador. Todos le tendían las manos,conmovidos por la sinceridad y la sencillez de
sus palabras. Y el poetaheroico se sentó, jadeando de emoción y de fatiga. Su discurso
habíaterminado.
Pierrefonds optó por marcharse, sin que el público reparase en su fuga,ni en sus gestos
coléricos, ni en las palabras de indignación que ibabarboteando.
Después de aquella noche, nadie le ha visto más.
Tal vez no quiere salir á la calle; tal vez ha renunciado para siempre ávivir en la misma ciudad
que el poeta y su «loca de la casa».

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