Read The Great
Gatsby
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arrugas de su rostro y el mal color de su tez, impregnadadel polvo de los libros y de las piezas
arqueológicas.
Cuando hablaba—y el gran Simoulin era incapaz de callar así que teníaun oyente—, su
palabra parecía difundir en torno de él una aureola deprestigio histórico. Todas las celebridades
de la segunda mitad delpasado siglo las había conocido el grande hombre. Recordaba como
amigosde ayer á Víctor Hugo y á Gambetta. Con este último había tenido,indudablemente, cierto
trato, cuando el futuro gobernante de laRepública andaba echando sus discursos de tribuno
republicano por loscafés del Barrio Latino. Al grandioso poeta lo había visto una vez nadamás,
confundido en una comisión de estudiantes que fué á saludarle á lavuelta de su destierro en
Guernesey. Pero esto sólo representaba á losojos de los admiradores de Simoulin un detalle
histórico insignificante,y todos repetían, con la firmeza del que dice la verdad:
—Víctor Hugo, que fué íntimo amigo de nuestro Simoulin.
De otras amistades hablaba el grande hombre con más exactitud. En elBarrio Latino había
tenido por camaradas á Zola, á Daudet y á otrosescritores de su generación. Esto era indiscutible.
Podía enseñar cartasde todos ellos, cartas breves, de un afecto forzoso, pero en las quevibraba la
nostalgia de la juventud, ya lejana; cartas que los hombrescélebres contestan por deber á los
camaradas de los primeros pasos quecayeron rendidos en la mitad del camino. Y los admiradores
del directordel Museo-Biblioteca repetían lo que tantas veces habían leído en losperiódicos
locales:
—Hubiese sido el primer poeta del mundo, de querer seguir en París.Para él era la gloria que
ahora disfrutan muchos con menos talento. Peroprefirió vivir entre nosotros....
¡Cómo no adorar á un hombre que había hecho tal sacrificio en honor dela antigua y
adormecida ciudad!...
Todos en ella se esforzaban por corresponder á tal abnegación,haciéndole grata la existencia.
El Consejo municipal atendía susindicaciones con tanto respeto como el Colegio de cardenales
escucha lavoz del Papa. Aunque la ciudad no tuviese dinero, lo encontraba siemprepara las
mejoras de su Museo-Biblioteca. Los subprefectos enviados deParís visitaban inmediatamente al
grande hombre. Un presidente de laRepública, al pronunciar su discurso durante una
permanencia de breveshoras en la ciudad, había saludado á Simoulin como la más alta gloria
dela región. Los industriales del país, que sólo aceptaban alianzas congente de dinero, habían
admitido como yernos á los hijos del poeta.
Su gloria se extendía por toda la provincia como algo irresistible,reflejándose en las
provincias limítrofes. En toda ceremonia oficial,los periódicos se cuidaban, ante todo, de
anunciar: «Hablará el ilustreSimoulin.» Unas veces era un discurso patriótico; otras, una oda
decircunstancias. Los organizadores de banquetes contaban con un medioseguro para evitar el
fracaso: «A los postres, pronunciará un brindisnuestro poeta.» Y en pocas horas no quedaba un
asiento disponible.
Todos los que en la ciudad se sentían tentados por el demonio de laliteratura acudían á la
Biblioteca para pedir consejo al ilustremaestro. Los recibía como amigos antiguos, y, arrastrado
por suvehemencia verbal, dejaba pronto de ocuparse de ellos para hablar de supropia persona.
—Un día, el abuelo Hugo me dijo que....

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