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El Pintor de Salzburgo

hasta el monasterio, había cubierto todala campiña e
interrumpido todas las comunicaciones. Tan pronto seguíacon la
vista inquieta aquel mar casi inmóvil, tan pronto la seguía ensus
decrecimientos haciéndole creer que ya faltaba muy poco para
llegara sus límites naturales; y a medida que las tierras
comenzaban aelevarse aquí y allá como pequeñas islas, su
corazón renacía a laesperanza. Una vez, entre los restos que el
río arrastraba, creyó veralgo informe y lívido que las ondas
empujaban contra los arrecifes y quedesaparecía para volver a
aparecer hasta que fue abandonado sobre unbanco de arena.
Impulsado por una vaga pero invencible curiosidad, descendió
delclaustro, atravesó la iglesia, y cuando hubo llegado al pie de
susmuros, reconoció el objeto que le había atraído. Se aproximó
y seestremeció de horror. Un cadáver casi desnudo, pálido,
destrozado,cubierto de musgo y de fango, los miembros
crispados, los cabellos ralosy sangrientos, y a través del
desorden de aquellas facciones deshechas ymancilladas, un
aspecto lleno aún de nobleza y de dulzura; así fue comoCarlos
Munster se ofreció a su vista. Guillermo entonces, sin lanzar
unaqueja ni derramar una lágrima, envolvió aquel cuerpo sin
vida con suhábito negro, lo cargó sobre su espalda y lo llevó al
monasterio.Detúvose en el atrio de la escalera, y después de
haber depositado sutriste carga en el suelo, convocó por medio
de la campana a losreligiosos del convento. Cuando se hubieron
reunido a su alrededor y losvio dispuestos a oírle, levantó
bruscamente el velo bajo el cual seocultaba su amigo, y les dijo
con voz trémula y dolorosa: «Este esCarlos Munster.» Pero la
palabra expiró en sus labios, sintió que lasfuerzas le faltaban y
cayó sobre el cadáver. Al abrir los ojos no viomás que a un
hermano que le dijo que la comunidad no había creídoprudente
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