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El Pintor de Salzburgo

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La imitación es el objeto del arte propiamente dicho; la
invención es elsello del genio.
Invención absoluta, tampoco, ciertamente, la hay. La
invención más llenade atrevimiento y de originalidad, no es más
que un conjunto deimitaciones escogidas. El hombre no
compone nada de la nada; pero seeleva casi al nivel de la
potencia creadora, cuando de una multitud deelementos
dispersos forma una individualidad nueva y le dice: ¡Sé!
El escultor copia una figura de hombre; es el mismo hombre
con lasproporciones armoniosas de sus miembros, la ondulante
flexibilidad desus miembros, la elasticidad animada de sus
carnes casi vivas a lavista: el escultor no ha hecho más que una
academia.
Busca, compara, reúne, pone en relación en un orden posible,
tan posibleque parece verdadero, todas las partes de una
organización perfecta, querespira la majestad soberana apenas
humanizada por un resto de cólera yde desdén; entonces ya no
es un escultor; ha hecho un Apolo, ha hecho undios.
En el tiempo de Homero, ningún guerrero fue identificado con
su Aquiles,o con su Ajax, o con su Diomedes, ni ningún rey con
su Nestor; y, sinembargo, ese rey y esos guerreros, que no han
existido jamás, son seresvivientes.
Si queréis reconocer por signos seguros en el poeta la
invención y elgenio, que son lo mismo, deteneos a examinar
aquellos personajes que sehan convertido en tipos en todas las
literaturas y cuyos nombrespropios hacen casi el efecto de
sustantivos en todas las lenguas. Esque, en efecto, el nombre de
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