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El Pintor de Salzburgo

26 de agosto.
Hay una idea que oprime mi corazón, una idea dolorosa y
mortal.
¿En qué consiste que nuestras impresiones más profundas sean
una cosatan incierta, tan yaga, que el transcurso de algunos
meses, de algunosdías, de un instante casi indiscutible, las
borra? ¿Cuál es lanaturaleza de este sentimiento, tan violento en
su embriaguez, tanrápido en su duración, que aspira a sojuzgar
el porvenir y que un añodevora? ¿Será verdad que los afectos
del hombre no son más que un arenalinvertido que deja escapar
poco a poco todo su contenido? ¿Y serápreciso que muramos en
todas partes donde hemos vivido—allí mismo
dondeencontrábamos tanta dulzura en inmortalizarnos—en el
corazón de los quenos aman?
¡Oh! ¡cuán sabia fue la Providencia al asignar una carrera tan
corta alos viajeros de la vida! Si hubiera sido más pródiga y si el
tiempo noshubiera traído más lentamente la hora de nuestra
destrucción, ¿quéhombre hubiera podido envanecerse de
arrastrar consigo algunos recuerdosde la juventud? Después de
haber errado en un círculo sin fin desensaciones siempre nuevas,
llegaría, solo, a la tumba y, lanzando unamirada apagada sobre
la escena oscura y confusa del pasado, buscaríainútilmente una
de las emociones de sus primeros años: lo habríaolvidado todo,
¡todo! hasta el primer beso de su amada, hasta loscabellos
blancos de su padre.
Pero, si el vulgo emplea sus días en esas miserables
irresoluciones, meparecía, por lo menos, que era dable a ciertas
almas eternizar sussentimientos. Una vez creí haber encontrado
esa alma semejante a la míay le confié mi dicha. ¿Quién podría
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