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El Paraiso de las Mujeres (Novela)

delcinematografista errante, á los marineros que invernan en una isla delOcéano Glacial y entretienen sus
noches interminables con el relato mudode las novelas luminosas.
Yo puedo decir que una de mis mayores satisfacciones literarias la tuvehace dos años, estando en
California, al conversar con un japonés quehabía viajado por toda Asia.
Este hombre me habló de una de mis novelas, contándome su «argumento»del principio al desenlace para
convencerme de que la conocía bien. Nola había leído, por no estar traducida aún al idioma de su país,
ypensaba comprar la versión inglesa.
Pero la había «visto» en un cinema de Pekín.
* * * * *
Además hay que hacer una confesión. La novela está en crisis actualmenteen todas las naciones.
El siglo XIX fué el siglo de la música y de la novela. Resulta tanenorme la producción novelesca de los
últimos cien años y tan diversaslas actividades de sus novelistas, que autores y público viven ahoracomo
desorientados.
Es casi imposible encontrar un camino virgen de huellas. Cuando elnovelista cree seguir un sendero
completamente inexplorado, se entera álos pocos pasos de que otros avanzaron por el mismo sitio antes que
él.Todos los resortes de la maquinaria novelesca parecen flojos ymortecinos de tanto funcionar; todas las
situaciones emocionantes, todoslos caracteres salientes, todos los tipos de humanidad, están casiagotados.
La originalidad novelesca va siendo cada vez más ilusoria. Poreso sin duda, muchos autores violentan la
serena sencillez de su idioma,obligándole á producir una florescencia atormentada, de invernáculo, yhacen
de ello su mayor mérito. Buscan ocultar de tal modo, bajo lafrondosidad forzada del lenguaje, la anémica
pobreza de la historia quecuentan.
Los novelistas se agitan infructuosamente en busca de novedad; elpúblico exige igualmente novedad; pero
la novela actual, cuando pretendeen Francia y otros países ser verdaderamente nueva, no tiene nada
denovela, y aburre al lector…. Y en esta crisis, que es universal, nadiecolumbra la solución.
Yo no afirmo que el cinematógrafo sea un remedio único y decisivo;reconozco además como indiscutible
que la novela impresa será siempresuperior á la novela expresada por el gesto, pues esta última no
puededisponer con la misma amplitud que la otra de la sugestión inmaterialdel «estilo»; pero creo que si los
novelistas empiezan á intervenirdirectamente en el desarrollo del «séptimo arte», monopolizado hastahace
poco por personas sin competencia literaria, su esfuerzo servirácuando menos para reanimar la novela,
comunicándola una segunda juventudy haciendo más extensos sus dominios actuales.
Sin embargo, no á todos los países les es fácil adaptarse con éxito alnuevo medio de expresión literaria.
La cinematografía depende del desarrollo industrial de un país y de suriqueza.
El libro también necesita sujetarse á la influencia de estos dosfactores; pero un editor de novelas impresas
puede establecerse encualquier parte donde existan imprentas y almacenes de papel, y lebastan unos
cuantos miles de pesetas para publicar sus primerosvolúmenes.
Las casas editoriales de cinematografía necesitan capitales de millonesy crear por su propia cuenta
inmensos talleres. Además, les esindispensable tener á sus espaldas la grandeza de una de esas nacionesque
son primeras potencias industriales, para encontrar con facilidadenergías eléctricas gigantescas, fábricas
capaces de producir nuevasmaquinarias: en una palabra, para disponer de poderosos aliados yservidores.
Por este motivo, el más enorme de los pueblos americanos es y serásiempre el primer productor
cinematográfico de la tierra. Francia, queinventó la cinematografía, figura actualmente como una
simpleimportadora de
films
facturados desde Nueva York.
El cinematógrafo ocupa en los Estados Unidos el quinto lugar entre losproductos nacionales. Avanza á
continuación del acero, el trigo y otrosartículos indispensables para la vida.
Hay en aquella República veinticinco mil salas de cinematógrafo, algunasde ellas con lugar para más de
seis mil espectadores.
En los miles de ciudades donde viven agrupados sus ciento veintemillones de habitantes, los teatros se
mantienen en una situaciónestacionaria, mientras los cinemas son cada vez más numerosos.
De una obra cinematográfica americana que obtiene éxito en el mundoentero llegan á venderse por término
medio doscientas copias. Es lo quese llama, en lenguaje de librería, «una mediana tirada». De estas
copiasFrancia compra tres ó cuatro para «pasarlas» en sus diversos cinemas;España tres; Italia tres ó dos,
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