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El Origen del Pensamiento

Concha cambió repentinamente de actitud. Todo lo que antes fue calma ysorna se
convirtió en feroz exaltación. Luchó valerosamente pordesasirse chillando al mismo
tiempo.
—¿A mí me pegas tú, viejo gorrino? ¿A mí? ¿a mí?
No logrando arrancar de sí las tenazas que la oprimían, le echó la manoa la cara y le
clavó en ella las uñas.
La lucha había hecho rodar algunos vasos. Carlota estaba aterrada: sehabía
refugiado en un rincón, mientras Mario, ayudado por el mozo quehabía acudido al
ruido, trataba inútilmente de separarlos. Al cabo demuchos esfuerzos lo consiguieron.
D. Laureano tenía un arañazo en la mejilla, del cual brotaban algunasgotas de
sangre.
—¡Qué loca! ¡qué loca!—decía limpiándose con el pañuelo.—Perdonenustedes el
mal rato.
Concha, en pie debajo del dintel de la puerta, se arreglaba con manonerviosa la ropa
y los cabellos.
—Ven aquí—dijo en tono imperioso a su querido.
Pero éste hizo un gesto de desprecio y se volvió hacia el matrimoniopara
disculparse.
—¡Vaya unos postres que les he dado!... ¿Quién iba a suponer?...Carlota, usted es
muy buena y me perdonará esta grosería.
—¡Ven aquí!—gritó con más furia la joven.
D. Laureano la miró, sacudiendo al mismo tiempo la cabeza conindignación.
—¡Allá voy, escandalosa, allá voy!—respondió entre resignado yfurioso, y
volviéndose a los esposos añadió bajando la voz:—Me voy porevitarles otro disgusto.
El peor de los males no es tratar con animales,sino con locos. Perdonen ustedes.
Buenas noches.
Y salió detrás de su querida. En el pasillo se oyó la voz de la chulaque decía
dirigiéndose al mozo:
—Chico, traiga usted un poco de agua y vinagre.
Los esposos quedaron solos. Se miraron uno a otro con asombro, y ambos ala vez
soltaron la carcajada.
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