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El Origen del Pensamiento

arreglaban todo, callando cuando ella aparecía. Con estose hizo más tímida, más
humilde; no se atrevía a quejarse de las faltasde la criada; trabajaba cada día más en la
casa, echando sobre sí,cuando podía, el trabajo de su hermana; hacía esfuerzos por
apareceramable y simpática como si estuviera en casa extraña.
D.ª Carolina trataba a su yerno con más ceremonia. Mario se sentíaturbado por esta
actitud, sin entender por completo lo que significaba.No se le mandaba cerrar la
puerta, ni escribir los sobres de las cartas,ni que las acompañase hasta casa de unas
amigas, ni se le daban encargospara la calle. Cuando doña Carolina rechazaba
cualquiera de susservicios el inocente exclamaba:
—¡Pero, mamá, no tiene usted confianza conmigo!
—Sí, hijo, sí; pero no hay necesidad de que tú te molestes. Pantaleón,que no tiene
nada que hacer, se encargará de ello.
¡Que no tiene nada que hacer! Estas palabras, pronunciadas con perfectanaturalidad
y hasta con la sonrisa en los labios, sonaban a sarcasmo.Tampoco él tenía nada que
hacer; demasiado le constaba a ella. A veces,cuando el matrimonio joven venía de
paseo y entraba en el gabinete dondeestaban la señora y su hija Presentación, aquélla
les interrogaba concierta condescendencia irónica:
—¿Qué tal, hijos míos, habéis paseado muy largo? ¿Hasta dónde habéisllegado?
¿Os habéis divertido? El tiempo está muy hermoso. Hacéis bienen no desperdiciar
tardes tan deliciosas.
Carlota sorprendió en estas conversaciones más de una mirada burlonaentre su
mamá y hermana; pero había devorado la vergüenza sin decírseloa Mario. Era tan
inocente, tan bondadoso, aquel muchacho, que daba penahacerle sentir las espinas de
la vida. Como esposa fiel y generosa lasguardaba todas para sí.
Pero el poco dinero con que Mario se había quedado para sus gastosfeneció muy
pronto. Llegó un instante en que no tuvo un solo ochavo enel bolsillo. Nada dijo.
Aquel día no fumó; al día siguiente tampoco. Sumujer lo observó al cabo y le
preguntó la causa. No estaba bien delestómago, le repugnaba el cigarro. Pero ella, no
fiándose, le registrólos bolsillos cuando se hubo dormido y los halló vacíos. ¡Pobre
Mario!Lloró en silencio largo rato. Por la mañana salió temprano a misa y tuvovalor
para subir a una casa de préstamos y empeñar una sortija. Cuandosu marido se
levantó, le dijo sacando un billete de su cómoda:
—Oye, Mario. Cuando salgas hazme el favor de pasarte por la Mahonesa ytraerme
unas yemas de coco... pero que no se enteren en casa. Ya sabesque me da vergüenza...
¡Ah! Y quédate con el resto del dinero, porque ati puede hacerte falta y a mí no.
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