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El Origen del Pensamiento

yescribir. Romadonga, lleno de celo pedagógico, se brindó a enseñarla enpoco
tiempo. Y todos los días sin faltar uno pasaba una hora o máshaciéndole combinar
letras y sílabas(ma-ña-na-ba-ja-ra-cha-fa-lla-da-la-pa-ca-ta-ra-ga-sa-lla-da) o
seguircon mano inexperta los trazos de un curso de escritura inglesa.
Cuando la vio medianamente impuesta en estas materias no por eso seapagó su
ardor instructivo. Prosiguió su obra civilizadora con crecienteentusiasmo. Y
determinó iniciarla en los misterios de la Geografíaenseñándole cuántas son las partes
del mundo y las capitales de losprincipales países, y con más interés aún en la
Historia sagrada,haciéndole aprender de memoria las grandes vicisitudes por que pasó
elpueblo de Dios antes de la venida de Nuestro Señor Jesucristo.
En el café del Siglo se tenía noticia de estos cursos instructivos. Sele embromaba
con ellos, se comentaban con gracia por toda la tertulia.Pero en aquellas bromas el
que marchaba delante y brillaba por suprocacidad era él mismo.
—¿Qué tal, D. Laureano, se va instruyendo la niña?
—Admirablemente. Tiene disposiciones asombrosas, sobre todo para lageografía
política. Conoce al dedillo todas las capitales del mundo.Ayer, porque se le olvidó la
de Venezuela, lloró como una Magdalena y setiró de los cabellos.
—¿Y en Historia sagrada?
—Tampoco marcha mal. Tiene una memoria envidiable. Se sabe sin borrarun punto
ya desde la creación hasta Abraham. Ahora se está aprendiendodesde Abraham hasta
Moisés.
Y a los pocos días, si no le embromaban, él mismo tomaba la iniciativa.
—¡Estoy maravillado! Hoy me relató Concha desde Moisés hasta elcautiverio de
Babilonia sin errar un punto.
—Bueno; ¿y el amor cómo marcha?—preguntó uno.
—Eso es clase de adorno. Se deja para lo último—repuso con amable ycínica
sonrisa el viejo elegante.
¡Pobre Concha! ¡Qué ajena estaba de que aquel caballero tan fino, tansuave, tan
delicado, hacía escarnio de su inocencia en la mesa delcafé!
Poco a poco se había ido interesando. Don Laureano era viejo (mucho másde lo que
ella suponía, por supuesto), pero conservaba gallarda figura,un aire distinguido y
varonil que a cualquier mujer podía impresionar;mejor todavía a una humilde hija del
pueblo que no había tratado más quecon hombres zafios y mal vestidos. Aquel señor
tan pulcro despedía unvaho de elegancia que despertaba el instinto del arte y la
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