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El Origen del Pensamiento

constipados; pero en cambio hay otrasventajillas, y bien pesadas las de uno y otro
estado, me parece quenosotros no llevamos la peor parte.
Volvió a chupar el cigarro entornando un poco los párpados. Una sonrisafeliz se
esparcía por su rostro correcto y expresivo. Cuando exponía susteorías acerca del
matrimonio solía hacerlo con moderación: no queríaofender a nadie. Pero allá en su
fuero interno diputaba a los casadospor unos mentecatos que habían venido a hacer el
primo a laexistencia. No se hartaba de felicitarse a sí propio de haber tenidobastante
habilidad para no haber caído en la red.
—Amigo Romadonga, por esta vez se ha equivocado usted. No hay taldisgusto
matrimonial—dijo resueltamente Mario.
—Me alegro, me alegro muchísimo. Ojalá no haya entre ustedes jamásmotivo de
discordia—repuso Matusalem con amabilidad.
Pero en su afable sonrisa se advertía un leve matiz de duda, algo quedecía: «Si no
han venido aún las reyertas, vendrán, querido, no lo dudeusted.»
—Le confieso que tengo un disgusto, pero es de orden más inferior y
mássoportable. Acabo de saber que he quedado cesante.
Romadonga se mostró sorprendido. Después procuró poner la cara
tristeadaptándose a las circunstancias. Quiso enterarse de los pormenores.
—¡Bah! Yo creo que eso se arreglará. No se apure usted. Su papá teníamuy buenas
relaciones. En cuanto los amigos se enteren, será ustedrepuesto. ¿Y no ha habido
razón alguna para esa cesantía? ¿Ha tenidousted algún choque con los jefes?
Mario confesó avergonzado que desde hacía algún tiempo no asistía a laoficina con
la asiduidad que antes.
—...Qué quiere usted, me ha vuelto otra vez la manía de modelar enbarro. Cuando
tengo entre manos alguna figura que me interesa no meacuerdo de nada. Comprendo
que hago mal, ¡pero se pasan tan buenosratos!
Romadonga le miró risueño, embelesado, con su acostumbrada benevolenciapara
todas las locuras.
—¡Bravo! Es usted un hombre original. No deja de tener gracia eso deperder un
empleo por hacer figuras de barro. Comprendo que usted searruinara por mujeres de
carne y hueso... pero por muchachas de barro ode mármol, eso, francamente, excede
para mí los límites de locomprensible.
Pocos momentos después nació en su espíritu la sospecha aterradora deque la
conversación empezaba a aburrirle. Apresurose a levantarse, ydando algunas
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